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Mongolia: el gran vencedor de la “diplomacia de las vacunas”

Mongolia es un caso tremendamente particular. Pese a no ser un país desarrollado, ha logrado vacunar a su población al ritmo de los países más ricos del mundo e incluso superarlos. La clave: haber sabido aprovecharse de la «diplomacia de las vacunas» de sus vecinos

Si algo nos ha mostrado claramente la llamada cepa Ómicron, la nueva variante de la COVID-19 procedente —aparentemente— de África, es la enorme desigualdad que existe a nivel global en cuanto al reparto de vacunas, y el peligro que esto entraña. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), mientras en los países de ingresos altos, un 63,87% de la población ha recibido, al menos, una dosis, este porcentaje es tan solo del 7,46% en los países de bajos ingresos.

Es un hecho, los países más desarrollados han caído en el “nacionalismo de las vacunas”, por el que se han reservado casi en exclusiva estos bienes tan necesarios para combatir la pandemia. Tanto es así que los países de ingresos altos han puesto más terceras dosis de refuerzo que los países de ingresos bajos primeras dosis.

No obstante, en este contexto de inequidad absoluta, existe un caso sorprendente de país pequeño, sin demasiados recursos económicos, que, no obstante, ha logrado seguir, e incluso superar, el ritmo de vacunación de los países desarrollados. Este país no es otro que Mongolia, y su secreto, curiosamente, ha sido beneficiarse de la llamada diplomacia de las vacunas.

Una respuesta inicial muy eficaz

Desde el inicio, Mongolia destacó positivamente por su desenvolvimiento con respecto a la pandemia. Pese a que esta se originó en su vecino inmediato, China, durante sus primeros 10 meses, Ulán Bator no registró un solo caso de transmisión local del virus, habiendo tomado medidas drásticas y determinantes desde febrero de 2020. De esta forma, el país se convertía en un rara avis a nivel internacional, no habiendo sufrido la llegada de un virus ya entonces expandido por casi todo el mundo. Aunque la baja densidad de población del país, 2 habitantes por kilómetro cuadrado, y el nomadismo tradicional puedan dar a entender un contexto más favorable en el combate de la COVID-19, no hay que olvidar que, de los 3,1 millones de habitantes del país, cerca de un 50% habitan en Ulán Bator, la capital, por lo que fueron las medidas tomadas por su Gobierno y la respuesta de la población, no la dispersión territorial, las claves de su éxito inicial.

No obstante, finalmente, la COVID-19 logró penetrar en la estepa mongola, y comenzó a darse transmisión comunitaria en noviembre de 2020. El endurecimiento de las medidas para combatir la ola de casos por parte del Gobierno comenzó a generar descontento social en un pueblo que, desde 1990 —año de la revolución democrática que tumbó el régimen comunista hasta entonces imperante—, se había acostumbrado a toda una serie de derechos y libertades. Y, finalmente, el 20 de enero, estas tensiones desencadenaron en protestas. El detonante fue un polémico vídeo compartido por redes sociales que mostraba a las autoridades transportando a una mujer y su bebé recién nacido desde el hospital a un centro de cuarentenas con la madre aún vestida con la bata del hospital, en medio del durísimo invierno mongol —al que llaman dzud o “muerte blanca” al poder alcanzar, fácilmente, los 50ºC bajo cero—.

El entonces Primer Ministro, Jurelsuj Ujnaa, y su gabinete dimitieron ante la presión social, y el 27 de enero Oyun-Erdene Luvsannamsrai fue elegido por el Gran Jural del Estado —el Parlamento mongol— como su sucesor, mientras la situación sanitaria del país seguía empeorando. El relajamiento de medidas y la transmisión comunitaria del virus en ciudades masificadas, especialmente Ulán Bator, dieron pie a una gran ola, acabando definitivamente con la excepcionalidad mongola en el combate contra la pandemia.

El nuevo Primer Ministro mongol Oyun-Erdene Luvsannamsrai. Fuente: Wikipedia.

Oyun-Erdene, desde un primer momento, apostó por la vacunación como arma principal contra la COVID-19, en aras de poder poner fin a los confinamientos y de revivir la economía del país. No obstante, si incluso en países desarrollados como el caso de los Estados de la Unión Europea, Japón o Corea del Sur había, por aquel entonces, infinidad de problemas para asegurar el abastecimiento de vacunas, esto era doblemente difícil en un Estado con muchos menos recursos económicos, por lo que Ulán Bator se encontraba ante un reto titánico a la hora de competir en lo que era a todas luces un “mercado persa” en el que imperaba la ley del más fuerte —o el más rico—. La solución: sacar provecho de la llamada “diplomacia de las vacunas”.

La diplomacia de las vacunas en las tierras de Gengis Khan

La “diplomacia de las vacunas” es un término que ha ganado popularidad a raíz de la pandemia y que hace referencia a la utilización de ventas o transferencias de vacunas por parte de las principales potencias para aumentar su influencia para con terceros. Esto ha sido interpretado bajo un foco principalmente competitivo, prácticamente de juego de suma cero —es decir, todas las ganancias de un actor representan pérdidas para el resto—, por el que países como Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China o la Unión Europea (UE) han tratado de promocionar sus vacunas y, muchas veces, desacreditar las del resto, en el contexto internacional que vivimos de competición entre grandes potencias (véase, por ejemplo, los casos de EE. UU. contra China o Rusia contra la UE).

En este sentido, normalmente, los países pequeños y medianos no suelen beneficiarse de la competición entre grandes potencias, sino más bien lo contrario: siguiendo un proverbio africano, “cuando los elefantes pelean, la hierba sufre”. Y esto Mongolia lo sabe mejor que nadie: está condenada geográficamente a estar encajonada entre dos de las potencias más poderosas del mundo, como son Rusia y China, las cuales han marcado su historia reciente, muchas veces para mal. No obstante, Ulán Bator ha sabido hacer de un defecto una virtud.

Mientras que durante el siglo XX fue un satélite de la Unión Soviética, amenazado por una China que buscaba anexionarse el país, tras la caída del comunismo decidió apostar por una posición más equilibrada, potenciando las relaciones con ambas potencias (China y Rusia) para evitar depender en exceso de una de ellas y asegurar su independencia. Esto es parte de una política exterior definida en el Concepto de Política Exterior de Mongolia —el documento rector de la misma— como “multipilar”, que, además de los dos pilares chino y ruso, tiene uno tercero que también ha sido esencial en este contexto, la llamada “política del tercer vecino”. Esta viene a decir que Mongolia no solo buscará reforzar sus relaciones con sus dos vecinos geográficos, sino que también las establecerá con otros países importantes de Asia y del mundo, señalando el Concepto antes mencionado a EE. UU., Japón, la UE, India, Corea del Sur y Turquía, lo que ha ido trabajando con los años.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con la vacunación? Pues que estas potentes relaciones que Ulán Bator ha construido con Rusia, China y sus “terceros vecinos” le han permitido aprovecharse de la “diplomacia de las vacunas” de todos ellos para conseguir un suministro de dosis envidiable, no solo para con otros países en su mismo nivel de desarrollo, sino incluso con respecto a los países más desarrollados y poderosos del mundo.

Primero, Mongolia aprobó la Sputnik V y cerró un contrato con el Instituto Gamaleya ruso para la compra de 1 millón de dosis, aunque los retrasos en las entregas hicieron que el país solo recibiese varias decenas de miles de ellas. Al mismo tiempo, consiguió que China le donase 300 mil vacunas de Sinopharm —a lo que precedió una donación de 30 mil ovejas mongolas a Wuhan como asistencia humanitaria, lo que los mongoles han venido a llamar la “diplomacia de las ovejas”—, lo que después completó con la compra de más de 4 millones de estas dosis. De esta forma, Mongolia inició su campaña de vacunación apoyándose en sus dos vecinos, sobre todo en su vecino del sur, y desde un primer momento contó con una enorme cantidad de vacunas en comparación a su población (3,2 millones de habitantes).

No obstante, la cosa no quedó ahí, sino que también salieron a su ayuda sus “terceros vecinos”, en relación a las potentes relaciones que Ulán Bator fue construyendo a lo largo del tiempo y a la ya mencionada aproximación competitiva entre las potencias de la “diplomacia de las vacunas”, por la que ninguna de ellas quería ver una Mongolia excesivamente dependiente de la vacunación china. Aquí, destaca el papel de EE. UU., que durante la pandemia donó cerca de 4 millones de dólares en ayuda a Mongolia y que, desde octubre de este año, ha comenzado también a donar dosis de la vacuna Pfizer al país, superando ya el millón.

También es relevante el papel de la India, el llamado “vecino espiritual” de Mongolia en relación a sus valores budistas compartidos. Nueva Delhi, primero, donó 15 mil dosis de Covishield —el nombre comercial que reciben las vacunas de AstraZeneca producidas en la India— en febrero de 2021, antes incluso de que llegaran las donaciones chinas, y Ulán Bator, posteriormente, logró obtener más vacunas indias, llegando a las 150 mil dosis.

Y si a esto le sumamos las miles de dosis de Pfizer y AstraZeneca recibidas a través del mecanismo COVAX —por su condición de país en vía de desarrollo— impulsado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), Gavi y la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CIPE), Mongolia reunió un suministro envidiable de dosis.

Una campaña de vacunación igualmente exitosa

Además, a la enorme disponibilidad de vacunas hay que añadirle una campaña eficaz de vacunación, lo que ha llevado a unos resultados espectaculares. Tanto es así que, en el mes de mayo, Mongolia era el país del mundo que más rápido vacunaba a su población.

Dosis de la vacuna contra la COVID-19 administradas diariamente

Fuente: John Hopkins University CSSE COVID-19 Data

La campaña primero se centró en las principales ciudades del país, los focos de la pandemia, y después, bien es cierto que con dificultades, se intentó trasladar a las zonas rurales, habitadas en buena medida por población nómada, que supone un 30% del país.

Con incentivos como pagar 50 mil Tugriks (unos 15€, en un país en el que el salario medio es de apenas 375€), se logró superar las reticencias entre la población, sobre todo con respecto a la vacuna de Sinopharm. Y, en palabras del Presidente del país, Ujnaagiin Jurelsuj, “pudimos demostrar la efectividad [y las ventajas] de la vacuna a nuestros ciudadanos [que] fueron voluntariamente a los centros de vacunación por su cuenta». El contraste con otros países como su vecino del norte, Rusia, que también contaba con una amplia disponibilidad de vacunas pero que fracasó a la hora de convencer a sus ciudadanos de vacunarse, es enorme.

Y, así, a día de hoy, alrededor de un 65% de la población del país cuenta con la pauta completa, estando casi en la media de los países de ingresos altos (67%) y superando a naciones como EE. UU. (59%), Rusia (39%) o India (32%). Al mismo tiempo, teniendo en cuenta que buena parte de la población del país o es demasiado joven para ser vacunada o vive en zonas rurales muy remotas, estos porcentajes no tienen nada que envidiar a otros países que van más avanzados, como Portugal (87%) o España (80%). En este sentido, más de un 91% de la población objetivo habría recibido la pauta completa en el país, de acuerdo con el Ministerio de Sanidad.

Porcentaje de la población con pauta completa de vacunación contra la COVID-19

Fuente: Datos oficiales recopilados por Our World in Data

Y, de esta forma, si bien, como ha sucedido en otros muchos países, un alto porcentaje de vacunación no ha podido evitar las infecciones o incluso las olas de COVID-19, el número de muertes que ha registrado el país ha sido muy moderado. Por ejemplo, en septiembre y octubre de este año, el pico máximo de la pandemia en Mongolia, apenas se superaban las 15 muertes diarias, una cuantía muy baja que indica que la vacunación ha funcionado.

Nuevos casos diarios confirmados de COVID-19 (Media acumulada de 7 días)

Fuente: John Hopkins University CSSE COVID-19 Data

Nuevas muertes diarias confirmadas de COVID-19 (Media acumulada de 7 días)

Fuente: John Hopkins University CSSE COVID-19 Data

Lecciones de la estepa mongola

Por tanto, Mongolia es un ejemplo de un país con pocos recursos capaz de equilibrar a las distintas potencias y obtener beneficios de cada una de ellas, surfeando la ola de la “diplomacia de las vacunas” con brillantez. A través de una original “política multipilar”, Ulán Bator se ha posicionado de tal manera que cuenta con excelentes relaciones con todas las potencias globales y regionales, permitiéndole mantener su independencia y, en el contexto de la COVID-19, proveer a su población de un bien, las vacunas, enormemente escaso, sobre todo para los Estados del tercer mundo.

No obstante, ha sido la excepción que ha confirmado la norma. Es de los pocos países en desarrollo que se codea con los Estados más poderosos en cuanto a porcentajes de vacunación. El resto está abandonado a su suerte, pese a que la pandemia es un problema global que requiere de soluciones globales.

También es un caso que demuestra la absurdez de la “diplomacia de las vacunas” entendida como un juego de suma cero entre potencias por la influencia en terceros, por la que estas compiten por promocionar las suyas y desprestigiar las del resto —solo hay que ver la cobertura que reciben las vacunas occidentales en los medios estatales rusos o la que reciben la Sputnik V o las vacunas chinas en los medios occidentales—. En este sentido, Mongolia les ha dado una lección a todas ellas demostrando la inutilidad de esta aproximación competitiva. Ulán Bator ha hecho uso de todas las vacunas disponibles, cooperando para ello con las distintas potencias en vez de sumarse a sus competiciones y rencillas, mostrando así una alternativa: si estos Estados sumaran esfuerzos, se podría extender la vacunación al tercer mundo como bien público global, lo que no solo sería moralmente correcto, sino que además evitaría el surgimiento de nuevas cepas resistentes a las actuales vacunas que pudieran dar marcha atrás a todos los esfuerzos realizados hasta ahora.

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Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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