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China en África: ¿hacia una comunidad de destino compartido?

En el VIII FOCAC Xi Jinping prometió la transferencia de mil millones de dosis de vacunas y 40 mil millones en inversión. Aunque es cierto que la asignación, a priori, es menor a la de prometida en anteriores foros, esto no implica que China se esté retirando de África.

La semana pasada se celebró el VIII Foro sobre Cooperación Sino-africana (FOCAC, por sus siglas en inglés) donde Xi Jinping se reunió en Dakar con los representantes de 53 Estados africanos —todos menos Esuatini (antigua Suazilandia), que reconoce a Taiwán (República de China)—. En la cumbre ministerial trianual, las partes adoptaron cuatro documentos: El Plan de Acción de Dakar (2022-2024), la Visión 2035 para la cooperación China-África, la Declaración Sino-africana sobre Cambio Climático y la Declaración de la VIII Conferencia Ministerial de FOCAC.

El presidente chino también aprovechó la ocasión para reafirmar el compromiso del país con la lucha global contra la COVID-19, prometiendo transferir mil millones de dosis de vacunas —600 millones exportadas y 400 manufacturadas localmente— en los próximos tres años.

También anunció la inversión de al menos 40 mil millones de dólares para apoyar el crecimiento económico del continente. Esta última cifra, a priori, resulta menor que la asignada en los dos periodos anteriores (60 mil millones). Pero si se mantiene el precio de las vacunas en los 30-33 dólares/dosis que han pagado algunos de los clientes de Sinopharm, la inversión total estaría a los niveles anteriores.

Esta reconfiguración de la implicación china en el continente africano, aunque algo más modesta que en años pasados, responde directamente a la coyuntura actual de las relaciones sino-africanas y nos hace volver a preguntarnos qué posición tiene y tendrá África en la estrategia global china.

Pragmatismo como carácter principal de la aproximación hacia África

La aproximación china a África se ha caracterizado por el pragmatismo. Para Beijing, el continente africano es un escenario ideal para conseguir el acceso a recursos naturales y la apertura de un amplio mercado para sus productos. Por esto, ha tratado de facilitar los intercambios de mercancías y proveer de cierta suficiencia económica y estabilidad política a los Estados africanos para poder continuar haciendo negocios.

En los últimos años, tanto medios de comunicación como académicos y políticos han acuñado la noción de Modelo Chino para el desarrollo o Consenso de Beijing para referirse al rápido crecimiento económico que ha experimentado la República Popular China (RPCh) en las décadas recientes. En muchos de estos casos, se ha presentado este modelo como potencialmente replicable en muchos países en desarrollo. Sin embargo, pocos han sido los que se han atrevido a definir con precisión qué elementos o procesos comportan este modelo.

Esta fórmula de desarrollo ha contrastado con el Consenso de Washington, cuya máxima era “liberaliza todo lo que puedas, privatiza lo más rápido que puedas y sé duro en asuntos monetarios y fiscales”, defendiendo a ultranza el liberalismo económico y sosteniéndose en las instituciones de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) y en la Organización Mundial del Comercio. Tal como apunta Harso, los africanos han visto y continúan viendo las reformas estructurales promovidas por estas instituciones como herramientas al uso de los antiguos poderes coloniales para limitar su independencia y soberanía.

Si en el Consenso de Washington el énfasis se puso en las reformas económicas y financieras presentando un modelo general de desarrollo, el Consenso de Beijing no contemplaría la existencia de valores o principios económicos universales y defendería la existencia de una coexistencia de diferentes modelos, adaptables según las circunstancias de los países. Alvin So, realizando un análisis del Modelo Chino de desarrollo, distinguió como principales características el rápido crecimiento económico, la industrialización impulsada por la exportación, la innovación y modernización tecnológica, la reducción de la pobreza y el desarrollo independiente y autónomo.

Aunque esta aproximación resulta errónea, puesto que realmente China no tiene un modelo definido de desarrollo, presentando cierta flexibilidad para adaptar políticas económicas y financieras, es indiscutible que el desarrollo de infraestructuras ha sido uno de los elementos más importantes. Y, en este sentido, la estrategia de construcción de infraestructuras parece predominar en su aproximación al continente africano, dirigiéndose en este sentido buena parte de sus inversiones, bajo el paraguas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés).

La BRI se ha presentado como una iniciativa con “un espíritu de paz y cooperación, apertura e inclusividad, y aprendizaje y beneficios mutuos”. La retórica china se ha apoyado en el dudoso estatus de China como país en desarrollo, la nueva cooperación win-win y la promoción de una comunidad de destino común para hacer valer sus intereses económicos en la región.

Con su implicación en África, Beijing busca revitalizar la ruta marítima de la BRI, cuyo objetivo último es dinamizar los intercambios comerciales con Europa. Esto se hace incluso más evidente si se tiene en cuenta la concentración de la inversión china en puertos y otras instalaciones marítimas.

Las inversiones en puertos y áreas costeras se extienden desde el Golfo de Adén, en Yemen, hasta el Mediterráneo, atravesando el Canal de Suez. Quizás el principal punto estratégico es el de las “instalaciones logísticas” de Yibuti, que muchos analistas califican como base militar. Lo que resulta claro es que China tiene presencia marítima en el estrecho de Bab-el-Mandeb, que da acceso al Mar Rojo.

Beijing, a través de sus principales navieras está extendiendo su control marítimo en el Mediterráneo. Hace unas semanas, COSCO —Chinese Ocean Shipping Company,  una compañía naviera de propiedad estatal china y una de las mayores del mundo—  amplió su participación en el Puerto del Pireo (Grecia) hasta el 67% y el pasado mes de septiembre, se inauguró una nueva terminal en el puerto de Haifa (Israel), cuya gestión recaerá, durante los próximos 25 años, sobre el Shanghai International Port Group (SIPG).

Paralelamente, China utiliza proyectos de conectividad —carreteras y vías de tren— para conectar sus proyectos industriales y de energía en el interior con infraestructuras en la costa africana. Esto le permite transportar materias primas como fosfatos, cobre, cobalto, oro, minerales de hierro, cacao, bauxita, litio, acero, granito y mármol a China y productos manufacturados a África. Uno de los principales ejemplos en este aspecto es la construcción de una línea ferroviaria para conectar la capital etíope de Addis Abeba con el puerto de la vecina Yibuti.

La “Diplomacia de la trampa de la deuda”, ¿mito o realidad?

Muchos analistas han apuntado que los grandes volúmenes de Inversión Extranjera Directa (IED) china en las naciones africanas responden a una “diplomacia de la trampa de la deuda” —término acuñado inicialmente por el analista indio Brahma Chellaney—. En uno de sus artículos, el analista indio menciona este concepto explicando que el fin último de los proyectos chinos no es solamente apoyar a las economías locales, sino llevar a cabo deliberadamente acuerdos insostenibles de deuda en países en desarrollo a lo largo de la BRI —con Sri Lanka como ejemplo principal— para “facilitar el acceso de China a los recursos naturales o abrir el mercado para sus productos de exportación de mala calidad y de bajo costo”.

Estas afirmaciones eran completamente infundadas, al menos en el caso de las inversiones chinas en Sri Lanka, si bien es cierto que existe cierta preocupación respecto a la falta de suficiente transparencia. En el caso de las inversiones chinas en África, China ha demostrado ser un acreedor relativamente flexible, sobre todo si lo comparamos con otros como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En el caso de China, no se ha producido ningún embargo de activos, ni tampoco ninguna ejecución de deudas cuando el país deudor no ha cumplido con los plazos de devolución.

No obstante, estos préstamos no han estado exentos de polémica, principalmente aquellos garantizados por recursos naturales como el petróleo. El principal ejemplo y receptor de este tipo de préstamos ha sido Angola, aunque este ha sido un caso particular dentro de las inversiones chinas en África, pues aparte de Angola, según un informe del China-Africa Research Initiative (CARI), únicamente el 8% de los préstamos chinos en África entre 2000 y 2019 fueron asegurados por flujos futuros de recursos naturales en comparación al 26% cuando se incluye a Angola.

El peligro de este formato de préstamo se sitúa en el extremadamente volátil mercado de los recursos naturales. Si el precio de un recurso natural baja considerablemente en el mercado internacional, el país prestatario podría entrar en una situación de dificultad de pago. Precisamente, tanto Angola como la República del Congo necesitaron renegociar la deuda tras una caída generalizada del precio de las materias primas y finalmente Angola acordó con el FMI poner fin a esta práctica en 2018. Congo-Brazzaville, por su parte, no ha pedido nuevos préstamos respaldados por petróleo de China desde el año 2014.

En los últimos años se ha podido constatar que algunos países africanos a los que Beijing ofrece préstamos no son solventes y la capacidad para procesar los préstamos no es suficiente. Es quizás por esta razón por la cual se ha reducido el monto de “financiación para el desarrollo” —que financia los proyectos de infraestructuras— (de 10 mil millones en 2018 a 0 en 2021) y el de subvenciones y préstamos sin intereses (de 15 mil millones en 2018 a 0 en 2021), apostando por la financiación de las exportaciones africanas (de 5 mil millones en 2018 a 10 mil millones en 2021).

El futuro de la implicación china en África

Los gobiernos africanos han preferido las ofertas de financiación de China sobre aquellas propuestas de países e instituciones occidentales, que a menudo vienen acompañadas con condiciones estrictas para los países más pobres. En contraste a estas, la estrategia de financiación china en África —a través de una combinación de subvenciones, ayudas y préstamos (libres o a muy bajo interés) con un calendario flexible— ha resultado ser una opción muy atractiva para los países africanos.

Sin embargo, estas operaciones también han tenido sus claroscuros. Algunas actividades chinas han generado cierta controversia y han provocado una limitación a la actuación de las empresas chinas. Varias compañías mineras chinas violaron leyes y normas ambientales en República Democrática del Congo, y Beijing les pidió cumplir con la suspensión de las actividades dictada por las autoridades locales y abandonar el país “lo antes posible”. Similarmente, también ha existido preocupación respecto a las implicaciones medioambientales de las actividades chinas en Sierra Leona.

A pesar de los problemas que han surgido, es previsible que las relaciones sino-africanas, si no se mantienen, aumenten. También es probable que iniciativas recientemente promovidas por Estados Unidos y la Unión Europea—Build Back Better World (B3W) y Global Gateway, respectivamente—  no tengan un impacto notable en los países africanos. Esto, al menos de momento, da continuidad a las cada vez más estrechas relaciones entre China y las naciones africanas y asegura el estatus de china como principal aliado económico en el continente.

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Por Omar Benaamari Hedioued

Estudiante del Máster en Periodismo Internacional (URJC). Interesado en la política de los países del Sudeste Asiático y Asia Central y la genealogía del Islam en el conjunto de los países del continente asiático.

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