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La reemergencia del Taiwan Lobby en la política exterior de Estados Unidos

A pesar de que EE. UU. suscribe la política de “una sola China”, no se ha desvinculado completamente de Taiwán y esto ha sido en gran parte debido al activismo y presión de figuras de renombre como Bob Dole. Taiwán cuenta con un fuerte lobby en Washington, que continúa pesando en la relación Washington-Taipéi-Beijing.

Una característica de la política es la multiplicidad de actores e intereses que compiten entre ellos. La arena política es un escenario donde no solamente se reivindican las pretensiones de los partidos políticos, sino que hay otro tipo de actores como los lobbies o grupos de presión que moldean las leyes e instituciones de acuerdo con sus intereses.

En el caso de Estados Unidos esto es especialmente notorio, donde los lobbies influyen de manera directa o indirecta en el Capitolio, y algunos de sus centros de operaciones se ubican en la conocida como K Street de Washington D.C. Prestando atención a aquellos actores que influyen directamente en la política exterior del país, se pueden destacar algunos grupos de presión, como el reconocido lobby israelí. Sin embargo, un lobby ha ganado importancia en los últimos años, a la luz de la creciente competición sinoestadounidense, es el de Taiwán.

El China Lobby —nombre que se daba al lobby de la China nacionalista—, creado en los años cuarenta en pleno colofón de la Guerra Civil china, veló por que se evitara cualquier contacto con la China de Mao. A finales de los cuarenta, este lobby no parecía tener demasiada relevancia en la política exterior estadounidense, pero a raíz de la guerra de Corea, Taipéi se ganó el apoyo de gran parte del Congreso, que vio en la isla a un ferviente aliado anticomunista. A partir de entonces se firmaría el Tratado de Defensa Mutua, que garantizó que la isla no fuera invadida y anexionada por Beijing, justificando la presencia militar de EE. UU. en la zona.

Sin embargo, desde los años setenta, Taiwán fue paulatinamente perdiendo peso internacional a partir de que muchos países cambiaran su reconocimiento a la China continental, aunque no perdería su capacidad de influencia en la política interna estadounidense.

Cuando el presidente Carter cambió su reconocimiento diplomático a Beijing, poniendo fin, al mismo tiempo, al Tratado de Defensa Mutua, intentó que se aprobara el Taiwan Enabling Act, un documento con débiles disposiciones que pretendía regular las futuras relaciones con Taipéi. No obstante, el Congreso calificó esta propuesta de débil e insuficiente, y, en su lugar, aprobó una ley más robusta, el Taiwan Relations Act, que enunciaba los intereses estratégicos de EE. UU. y autorizaba la venta de armamento a Taipéi.

Durante los primeros años, la influencia de las instituciones políticas taiwanesas se canalizaría a través de su Oficina de Representación Económica y Cultural de Taipéi (TECRO) –que funciona como embajada de facto de Taiwán en el país– y de la Asociación de Asuntos Públicos de Formosa (FAPA).

El método más utilizado por la TECRO era contratar a organizaciones lobistas para convencer al Congreso. Por su parte, la FAPA no solo monitoreaba toda la legislación relativa a Taiwán, sino que también presionaba para lograr una legislación más favorable.

Sede de la Oficina de Representación Económica y Cultural de Taipéi (TECRO) en Washington, Estados Unidos. Foto: VOA/Wikimedia Commons

La presión de estos grupos, sobre todo en el Congreso, consiguió frenar algunas de las políticas de ciertos presidentes, posibilitando que las relaciones entre Taiwán y EE. UU. no se vieran muy afectadas. La cuestión de Taiwán ha sido un tema recurrente en la relación de Washington con Beijing y en las últimas administraciones parece haber cobrado mayor importancia.

Este periodo coincide con una intensificación de los esfuerzos del ahora llamado Taiwan Lobby en el Capitolio. Los dos nuevos principales actores externos son la misión del Partido Progresista Democrático (DPP) —principal partido dentro del bloque “verde” de Taiwán, es decir, los independentistas que abogan por la creación de un Estado taiwanés independiente de China— en Estados Unidos y la FAPA.

En cuanto a los actores internos, por un lado, habría que destacar el amplio apoyo del Congreso, donde existe un Caucus —reuniones de congresistas senadores y organizaciones colectivas— de Taiwán que reúne a los políticos pro-taiwaneses de los dos grandes partidos. Este es el segundo caucus más numeroso en el Congreso, con 139 miembros.

En palabras de Coen Blaauw, director ejecutivo de la FAPA, “nunca he conocido un miembro del Congreso que no apoye a Taiwán”. Por otro lado, algunas empresas y think tanks tienen una influencia importante en los asuntos sobre Taiwán, como es el caso de organizaciones con muchos años a la espalda como la Heritage Foundation, el Project 2049 Institute o el recién conformado Global Taiwan Institute.

Algunos de los lobistas más notables que han pasado por las instituciones estadounidenses son el recientemente fallecido exsenador Bob Dole, quien posibilitó la inesperada llamada en 2018 de Trump a la presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen, rompiendo con el protocolo diplomático al ser la primera llamada oficial entre un Presidente estadounidense y su homólogo taiwanés desde la ruptura de relaciones diplomáticas oficiales, lo que se ganó la crítica de Beijing; o el exsenador Chris Dodd, que encabezó el mes pasado un viaje de una delegación no oficial a Taipéi.

A la izquierda, Chris Dodd, y a la derecha, Joe Biden, actual presidente de los Estados Unidos. En abril de 2021, el exsenador Dodd encabezó una delegación no oficial a Taiwán.

Un informe sobre el lobby taiwanés de la Foreign Influence Transparency Initiative del Center for International Policy, publicado el pasado mes de abril, muestra cómo algunas de las iniciativas de política exterior de EE. UU. han comenzado a articularse según la agenda del lobby. Dos elementos que han figurado en la agenda del Taiwan Lobby han sido la cuestión del estatus de observador de Taiwán en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el fortalecimiento de las relaciones defensivas. En ambos casos, los años recientes han supuesto un progreso notable.

En el primer caso, se puede destacar la propuesta del presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara, el demócrata Gregory Meeks, dirigida al Secretario de Estado (Antony Blinken) el pasado mes de marzo para trabajar en la membresía de Taiwán como observador en la OMS. Esta cuestión también se ha mencionado en el Senado, gracias a personalidades como el excongresista Dick Gephardt.

En el segundo caso, sorprende el dato de la venta de armas a Taiwán, aprobada por la Administración Trump, por valor de 5.900 millones de dólares en 2020. Esta medida fue probablemente orquestada desde atrás por el PDP. A pesar del cambio de presidencia, el Congreso todavía pone en valor la importancia de Taiwán en la política exterior estadounidense. La aprobación, a principios de este mes, del Acto de Autorización para la Defensa Nacional (NDAA, por sus siglas en inglés) para el año fiscal 2022 así lo evidencia. En el NDAA también se incluyó una disposición que recomendaba invitar a Taiwán a los Ejercicios RIMPAC, los mayores ejercicios navales del país, celebrados bianualmente. Se espera que esta misma semana sea aprobado por el Senado, después llegará a manos de Biden, que tendrá la última palabra. 

En los meses recientes, la intensidad de las aspiraciones de Taiwán de convertirse en un miembro más de la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha disminuido. No obstante, el Taiwan Lobby ha trabajado en pos de otro de los objetivos del país, incorporarse al Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés) y a la INTERPOL. Respecto a esta última, cabe mencionar que, a principios de noviembre, 71 legisladores estadounidenses enviaron una misiva a Biden solicitando su apoyo a Taiwán en su campaña para formar parte de la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL), como miembro de pleno derecho. En definitiva, la aceptación de Taiwán como miembro de organizaciones internacionales de cooperación parece ser uno de los principales objetivos del lobby taiwanés.

Aunque no se puede cuantificar con precisión el papel del Taiwan Lobby, es innegable que el papel activo de las élites políticas estadounidenses protaiwanesas influye y continuará haciéndolo. Solo queda ver hasta qué punto el lobby taiwanés logrará presionar para que la Casa Blanca lleve a cabo un cambio sustancial en su política hacia Taiwán, rompiendo con la ambigüedad estratégica, o para cambiar su posición respecto a la política de “una China”, aceptando una ruptura del statu quo por parte de los independentistas.

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Por Omar Benaamari Hedioued

Estudiante del Máster en Periodismo Internacional (URJC). Interesado en la política de los países del Sudeste Asiático y Asia Central y la genealogía del Islam en el conjunto de los países del continente asiático.

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