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Diego García: donde la realpolitik pasa por encima de los valores

Diego García es la isla donde está ubicada una de las principales bases navales de EE. UU. en el Indo-Pacífico y pieza clave en sus esfuerzos de contener a China. No obstante, también es una prueba fehaciente de que la competición sinoestadounidense, más que tratarse de un choque entre democracia y autoritarismo está basada en la fría realpolitik, como demuestra la oscura historia de la presencia norteamericana en esta isla.

Diego García es una isla perteneciente al archipiélago Chagos, una cadena de islas bajo control británico situada en medio del Océano Índico, 1.300 kilómetros al noreste de las Islas Mauricio y 1.600 kilómetros al sur de la India y al este de las Islas Seychelles. En esta isla se ubica una base naval y militar estadounidense, que es uno de sus principales activos estratégicos en la región y una de las claves sobre las que busca sostener su hegemonía en el Indo-Pacífico.

No obstante, Diego García también es el lugar que pone en cuestión la supuesta defensa de EE. UU. de un orden internacional basado en reglas frente a actores revisionistas, agresivos y “canallas”, como la propia China, en cuya contención, como veremos, esta isla es, paradójicamente, de enorme importancia.

Mapa de Diego García. Fuente: El País

De la colonización británica a la “colonización” estadounidense

Diego García y el resto de Chagos fueron asentados en el siglo XVIII por Francia, que estableció plantaciones comerciales de productos tropicales como la caña de azúcar o el coco. Como mano de obra, París empezó a llevar esclavos, sobre todo procedentes de Mozambique y Madagascar, que se convirtieron en la población permanente de estas islas, hasta entonces deshabitadas.

No obstante, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, el Imperio Británico le arrebató a Francia el control de este archipiélago —así como de Seychelles y Mauricio—, aunque manteniendo el mismo régimen colonial basado en la explotación de plantaciones a través de mano de obra esclava. Además, el archipiélago fue unido administrativamente a su otro territorio más cercano, esto es, la colonia de Mauricio.

Superado el ecuador del siglo XX, en pleno proceso de descolonización, impulsado por Naciones Unidas, parecía que también le iba a llegar su momento a los territorios británicos en el Océano Índico, pero Londres —y Washington— tenían otros planes.

En medio de la Guerra Fría, EE. UU. vio el gran valor que podría tener Diego García como centro de operaciones navales estadounidenses en el Océano Índico, sobre todo en aras de detectar y vigilar los movimientos navales soviéticos en esta región —que, en cualquier caso, siempre fueron limitados—. Pero el proceso emancipador de las naciones colonizadas suponía un obstáculo, pues mientras Washington contaba en Londres con su principal aliado —en el marco de la llamada Special Relationship o “Relación Especial”—, no estaba claro que fuera a obtener el mismo apoyo del futuro Estado que heredase el archipiélago Chagos, que iba a ser la antigua colonia de Mauricio.

De esta forma, en una flagrante violación del derecho internacional, en 1965 Reino Unido separó el archipiélago Chagos de Mauricio —al que concedió la independencia y pagó 3 millones de libras como compensación— y creó el Territorio Británico del Océano Índico (BIOT, por sus siglas en inglés), que ha mantenido, desde entonces, bajo su dominio.

Para entonces, las colonias de esclavos que se empezaron a establecer para trabajar las plantaciones de las distintas islas habían cristalizado en una etnia propia, los chagosianos, que habían desarrollado una cultura e idioma criollos y habían hecho de estas islas su hogar. No obstante, Londres y Washington decidieron expulsar a toda la población, no solo de Diego García, sino de todo el archipiélago, pese a que la isla más cercana a Diego García se encontraba a más de 150 kilómetros. Reino Unido se escudó en que esta población estaba formada por “trabajadores temporales”, algo completamente falso.

Aunque muchas veces se ha mencionado que esta expulsión se realizó por razones de seguridad con respecto a la base estadounidense, es difícil comprender qué clase de amenazas podían suponer los habitantes de islas a cientos de kilómetros. La razón de fondo tenía más que ver con intentar justificar que estos territorios estaban “deshabitados”, para que así Londres pudiese mantener su dominio colonial sobre ellos.

Mientras tanto, el total de la población changosiana —unas 1.500 personas— fue montada en barcos y llevada a Mauricio, donde se les forzó a asentarse, con la prohibición expresa de poder regresar a sus hogares. Mauricio recibió primero 650 mil libras y luego otros 4 millones por hacerse cargo de esta población, pero los changosianos se vieron obligados a vivir en condiciones deplorables en los barrios marginales de la capital, Port Louis.

Pero poco importaba este drama humanitario, EE. UU. ya podía tener su base naval, que el Reino Unido le arrendó sin ningún cargo, más allá de 14 millones para financiar la expulsión de los changosianos. Así, el “mundo libre” sumaba una nueva arma en sus esfuerzos por derrotar al “Imperio del Mal” soviético; poco importaba que esta hubiera surgido de una limpieza étnica en toda regla.

Diego García contra el nuevo “Imperio del Mal”

Con el final de la Guerra Fría y la caída del bloque soviético, el aparente “fin de la historia” no fue el fin de la base de Diego García. EE. UU. siguió manteniendo su base naval, que nuevamente aumentó su importancia en el marco de la “guerra contra el terrorismo” (War on Terror) del Presidente George W. Bush, apoyando los esfuerzos estadounidenses en sus intervenciones en Iraq y Afganistán. Sin embargo, no solo fue utilizado para apoyar logísticamente estas operaciones, sino que también sirvió como un centro de detención y tortura de prisioneros acusados de pertenecer a grupos yihadistas, de la misma forma que Guantánamo. Una nueva violación de los derechos humanos y el derecho internacional en nombre de la libertad y la democracia.

Pero ahora, que está retirándose de estos “conflictos eternos” y sus intereses están virando hacia Asia Oriental, EE. UU. le ha encontrado un nuevo papel de peso a Diego García como activo clave en su estrategia de contención de su nuevo gran rival, un nuevo “Imperio del Mal”: la República Popular de China (RPCh).

En este sentido, ya hemos visto que Diego García está ubicada en medio del Océano Índico. Esta es una posición privilegiada para ser capaz de proyectar poder sobre todo el litoral de este Océano, particularmente sobre el Golfo Pérsico, Asia Meridional y el Sudeste Asiático.

Esto es enormemente importante teniendo en cuenta que por esta zona surcan las principales líneas marítimas de comunicación (SLOC, por sus siglas en inglés) del mundo, vitales para el comercio internacional, uniendo Asia, Oriente Medio, África y Europa, y que, además, no se encuentra muy alejada de dos de los principales puntos de estrangulamiento (choke points) internacionales, como son el Estrecho de Malaca y el Estrecho de Bab el-Mandeb.

Y por esta ruta es por donde llega a China la enorme mayoría de sus importaciones y de su suministro energético y de materias primas, particularmente de petróleo, vital para su economía y su seguridad energética y alimentaria.

Los flujos de petróleo desde Oriente Medio a China. Fuente: Wikipedia

Precisamente por este motivo, China ha buscado aumentar su presencia y mejorar sus relaciones con varios de los Estados del litoral del Océano —como Bangladesh, Sri Lanka, Pakistán o Irán—, particularmente a través de la construcción de infraestructuras portuarias —además de la financiación de rutas terrestres en Eurasia para reducir su dependencia del Océano Índico—, así como mejorar su armada para pasar de una armada de aguas verdes, centrada en la defensa de las aguas territoriales del país, a una armada de aguas azules, con capacidad de proyectar poder marítimo fuera de sus inmediaciones.

La emergencia china y la reconfiguración del tablero geopolítico en la región del Océano Índico (ROI)

Tras el final de la Guerra Fría, la Región del Océano Índico (ROI) no vivió una fuerte rivalidad entre grandes potencias, pero en los últimos años la región ha recibido un renovado interés. La emergencia china y la expansión de los intereses económicos y comerciales chinos, sobre todo a partir del anuncio de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, siglas en inglés) ha generado una reacción en cadena tanto de las potencias tradicionales como de nuevos actores como Japón, provocando la adopción en estos países de una estrategia más ambiciosa geográficamente conocido como el “IndoPacífico”.…

Esto es lo que desde Washington se ha apodado el “Collar de Perlas chino”, que EE. UU. ve como una amenaza a su presencia en el Océano Índico en general y en el Indo-Pacífico en particular. Aquí se entiende la importancia de Diego García desde una perspectiva estadounidense para asegurar su control sobre las principales rutas de navegación a nivel internacional —dentro de la rúbrica del “Indo-Pacífico Libre y Abierto” (Free and Open Indo-Pacific), estrategia estadounidense que afirma pretender asegurar la libertad de navegación en la región—. contener a China y tener la capacidad de castigar una debilidad estructural de este país, como es su dependencia de estas líneas marítimas de comunicación.

Los límites del “Orden Internacional Basado en Reglas” y el “Indo-Pacífico Libre y Abierto”

No obstante, como ya vimos anteriormente, el mantenimiento del dominio británico sobre el archipiélago Chagos fue contrario al derecho internacional, pues este territorio tenía que haberse independizado junto a Mauricio, que desde entonces reclama el territorio.

Para Mauricio esta cuestión es tanto económica como de orgullo nacional. Mientras el Reino Unido arrenda gratuitamente la base a EE. UU., Mauricio podría extraer una renta para ayudar a expandir su desarrollo. Además, podría conseguir importantes ingresos para su industria pesquera en las aguas del archipiélago Chagos. Al mismo tiempo, esto es enormemente importante en un sentido emocional para el país. Recuperar Chagos significaría reparar la humillación nacional de no haber podido concluir completamente el proceso descolonizador, lo que es uno de los temas habituales dentro de la política interna de la isla, como puede serlo la cuestión de Irlanda del Norte en Irlanda, de las Malvinas en Argentina o de Gibraltar en España.

En este sentido, Port Louis ha pasado a la ofensiva legal. En 2019, en una Opinión Consultiva —es decir, no vinculante—, el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) determinó que “el proceso de descolonización de Mauricio no fue legalmente completado cuando el país accedió a la independencia y que el Reino Unido está obligado a poner fin a su administración del archipiélago Chagos tan rápido como sea posible”.

Esta Opinión Consultiva fue reafirmada por la Asamblea General de Naciones Unidas en su Resolución A/RES/73/295 aprobada por 116 votos a favor, 6 en contra —Australia, Hungría, Israel, Maldivas, Estados Unidos y Reino Unido— y 56 abstenciones —procedentes, sobre todo, de países occidentales o cercanos a EE. UU.—. Aquí, entre otras cosas, la Asamblea General demandaba que el Reino Unido retirase su administración colonial del archipiélago y se lo entregase a Mauricio en no más de 6 meses, algo que Londres no ha cumplido.

Y, en 2021, una vez más, otro órgano internacional daba la razón a Mauricio: el Tribunal Internacional del Derecho del Mar. Este, en sus objeciones preliminares respecto a la disputa entre Mauricio y las Maldivas sobre su demarcación marítima, venía a afirmar que la administración británica sobre el archipiélago Chagos “constituye un acto ilícito” al que “se debe poner fin lo más rápido posible”.

No obstante, tanto EE. UU. como el Reino Unido han desoído estas llamadas de la comunidad internacional a cumplir con sus obligaciones internacionales. Londres ha ignorado la opinión del TIJ —el principal órgano de derecho internacional— afirmando que “[e]l Reino Unido no tiene ninguna duda sobre nuestra soberanía de los Territorios Británicos del Océano Índico […] desde 1814”; mientras, desde Foggy Bottom —ya durante la Administración Biden— han venido a reafirmar su “apoyo inequívoco a Reino Unido”.

Aunque ambos citen habitualmente preocupaciones de seguridad como justificación de la no devolución del territorio, temiendo —como ya sucedió antes de la independencia— que Mauricio tomase, en un futuro, la decisión soberana de no arrendar Diego García o, peor, de establecer una base de una nación hostil —China— en ese mismo archipiélago, lo cierto es que Port Louis ha prometido en repetidas ocasiones que en caso de recibir el apoyo de Washington en su litigio con Londres le arrendaría a este la base de Diego García por un periodo de 99 años, mientras que reasentaría a la población chagosiana en otras islas del archipiélago.

Poco ha importado. Ya sea por desconfianza ante Mauricio o por bravuconería neocolonial,  EE. UU. y el Reino Unido prefieren mantener una violación flagrante del derecho internacional que poner en riesgo, aunque sea mínimamente, su posición geopolítica, así como dar pie a que otros se atrevan a cuestionar el dominio de estos dos países sobre un gran número de territorios no autónomos o de vestigios coloniales, véase Guam, la Samoa Americana, las Islas Vírgenes, Gibraltar o las Malvinas, entre otros.

La justificación principal, a día de hoy, tiene que ver con poner coto a la expansión china y su reto al “orden internacional basado en reglas”, pero en el caso de Diego García quien ignora las reglas internacionales son estos dos Estados. El Indo-Pacífico Libre y Abierto no parece tan libre ni tan abierto desde una perspectiva mauriciana o, peor aún, chagosiana —cuya población lleva 50 años expulsada de sus hogares—. En este sentido, no es muy difícil establecer una comparativa entre las violaciones del derecho internacional que lleva a cabo China en las Islas Spratly y Reino Unido y EE. UU. en el archipiélago Chagos. Así, más allá de la retórica, lo cierto es que en esta cuestión —y en muchos aspectos de la competición sinoestadounidense— lo que manda, más que consideraciones morales o valores, es la fría realpolitik.

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Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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