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Tailandia: un país acostumbrado a los golpes de Estado

Los golpes de Estado en Tailandia se han convertido en algo casi hasta normal en el país, generando lo que se conoce como la «cultura golpista». Sin embargo, desde el último de ellos y el ascenso al trono del rey Rama X, las cosas están cambiando.

Tailandia es un país famoso por sus paradisiacas islas, por ser un lugar de peregrinación para los mochileros o por su famosa gastronomía. Sin embargo, su historia política reciente está caracterizada por unos continuos vaivenes que hacen de ella el Estado del mundo que más golpes de Estado ha sufrido en el último siglo.

Desde inicios del siglo XX hasta la actualidad, Nicholas Farrelly, fundador de New Mandala —web especializada en el análisis político del Sudeste Asiático—, contabilizó hasta 13 golpes de Estado y 9 intentos fallidos de golpe en el país. Haciendo una media, nos saldría a un golpe o un intento de golpe cada cinco años.

Golpes de Estado exitosos en Tailandia desde el siglo XX
1932
Golpe no. 1

En lo que es conocido como la «Revolución Siamesa», supuso la fundación de la Tailandia moderna y el establecimiento de una monarquía parlamentaria.

1932
1933
Golpe no. 2

Los militares intervinieron para destituir al primer primer ministro de Siam después de 1932, Phraya Manopakorn Nititada. 

1933
1939
Golpe no. 3

Plaek Phibunsongkhram (o «Phibul»), abiertamente fascista y que se puso del lado del Eje en la Segunda Guerra Mundial, dio un golpe de Estado para deshacerse de sus adversarios políticos.

1939
1947
Golpe no. 4

Un «grupo golpista» dentro del ejército dan un golpe para derrocar al gobierno del contraalmirante Thawan Thamrongnawasawat. Khuang Aphaiwong asumió el poder, aunque Phibul movía los hilos en las sombras.

1947
1951
Golpe no. 5

Phibul vuelve a dar un golpe de Estado para volver al poder.

1951
1957
Golpe no. 6

El oficial Sarit Thanarat da un golpe de Estado contra su antiguo oficial al mando. Crea un Estado autocrático con él y su jefe de seguridad Phao Siyanon al frente.

1957
1958
Golpe no. 7

Sarit Thanarat dio un golpe contra su propio gobierno para purgar aquellas personas que le resultaban incómodas

1958
1971
Golpe no. 8

El oficial Thanom Kittikachorn dio un golpe de Estado bajo la excusa de la amenaza comunista.

1971
1976
Golpe no. 9

Usando las masacres de estudiantes como excusa, el almirante Sangad Chaloryu, respaldado por la CIA, toma el poder y declara una emergencia nacional.

1976
1977
Golpe no. 10

Tras tomar el poder, Sangad Charloryu nombró un gobierno con Thanin Kraivichien al frente. Sin embargo, debido a su impopularidad, Sangad decidió lanzar un golpe de Estado contra el propio gobierno que él había creado.

1977
1991
Golpe no. 11

El general Suchinda Krapayoon derroca al gobierno elegido democráticamente de Chatichai Choonhavan alegando que era corrupto y abusaba de su poder. 

1991
2006
Golpe no. 12

El ejército dio un golpe de Estado para derrocar el gobierno del populista Thaksin Shinawatra.

2006
2014
Golpe no. 13

Las fuerzas armadas, lideradas por Prayuth Chan-ochan, dieron un golpe para terminar con la inestabilidad generada por la división entre «camisas amarillas» y «camisas rojas».

2014

Línea de tiempo realizada con datos propios y a partir del análisis realizado en el Thai Enquirer

Para desgracia de los tailandeses, esto se ha convertido casi en el pan de cada día. Por ejemplo, el último golpe en 2014, no se derramó ni una gota de sangre y los tailandeses volvieron a su vida normal al día siguiente de levantarse la ley marcial. Es lo que se conoce como la “cultura golpista”. En resumidas cuentas, los tailandeses están más que acostumbrados a los golpes de Estado impulsados desde el ejército.

En gran parte, la inestabilidad y el caos político que vive Tailandia ha estado marcada por una profunda división interna entre los monárquicos conservadores y los reformistas pro-democráticos, lo que ha generado un “círculo vicioso” en el que se han alternado gobiernos civiles con gobiernos militares. Asimismo, existen otros factores clave como la división entre las regiones rurales y las urbanas o entre las élites económicas y las clase trabajadora.

No obstante, en el fondo de la cuestión, y germen de última crisis política, se sitúa el gran poder que reviste la figura del rey y su estrecha vinculación con el ejército. En este sentido, si bien el exrey Bhumibol Adlulyadej —que reinó durante 70 años desde 1946 hasta 2016— era una figura respetada ampliamente por la población, su hijo y actual rey, Maha Vajiralongkorn, es una figura mucho más polémica y ha extendido el debate sobre la legitimidad de la extensa y larga participación del rey en la política nacional a pesar de que Tailandia es formalmente una monarquía parlamentaria desde 1932.

El origen de la actual crisis: “camisas amarillas” vs. “camisas rojas”

Las raíces de la última crisis política del país se sitúan en la elección del gobierno populista de Thaksin Shinawatra en 2001. Empresario de gran éxito y fundador de la mayor compañía de telecomunicaciones del país —Shin Corporation o ShinCorp—, su popularidad se extendió gracias a las promesas que hizo, principalmente en el ámbito rural, de ofrecer una atención médica a precios razonables para los pobres, descentralizar el poder (delegando más competencias en los gobiernos locales), proporcionar fondos sustanciales para el mundo rural y hacer mayores inversiones en educación.

Thaksin Shinawatra. Fuente: Wikimedia Commons

En las elecciones de 2005, el partido de Shinawatra, el Thai Rak Thai (literalmente “los tailandeses aman a los tailandeses”), se convirtió en el primer partido de la historia democrática del país en lograr una mayoría absoluta. Sin embargo, su popularidad se vio pronto marcada por dos crisis.

Por un lado, su orden de usar la fuerza militar para reprimir la insurgencia en áreas predominantemente musulmanas del sur de Tailandia sin tratar de buscar una salida política al problema, lo que acabó por que los reyes tailandeses se mostrasen abiertamente descontentos con su estrategia. Por otro, la venta de la empresa de telecomunicaciones de Shinawatra, considerada como un activo nacional, a un conglomerado singapurense desató el descontento dentro de la población urbana.

Así, comenzaron a organizarse una serie de manifestaciones caracterizadas por el uso de las “camisas amarillas” (el color de la monarquía tailandesa) en señal de apoyo a la monarquía y que fueron creciendo constantemente. Ante esta situación, Shinawatra convocó elecciones anticipadas para 2006, aunque los partidos de la oposición las boicotearon, por lo que los resultados fueron invalidados posteriormente por la Corte Suprema.

Shinawatra permaneció unos meses más en el poder bajo un gobierno interino, pero en septiembre de 2006, las fuerzas armadas, con el apoyo del rey, llevaron a cabo un golpe de Estado. Se derogó la Constitución de 1997 y se creó un grupo de trabajo para redactar una nueva.

Un año después, en diciembre de 2007, se celebraron unas nuevas elecciones. El partido de Shinawatra fue ilegalizado, pero un nuevo partido respaldado por este ganó las elecciones: el Partido del Poder Popular (PPP).

No obstante, las tensiones continuaron y durante el año 2008 se sucedieron las manifestaciones por parte de los “camisas amarillas” por todo el país. Mientras tanto, a mediados de ese año, el Tribunal Constitucional destituyó al gobierno del PPP y disolvió el partido. Dos semanas después, Abhisit Vejjajiva, líder del partido en la oposición, el Partido Demócrata, fue elegido como el nuevo primer ministro.

Manifestación de los «camisas amarillas» en 2008. Fuente: Szymon Kochański/Flickr

La situación se volvió aún más compleja en 2009, cuando nacieron las manifestaciones de los “camisas rojas” contra el nuevo gobierno. Compuestos principalmente por personas del entorno rural del norte y noroeste del país, pero también por personas prodemocracia de las ciudades, lanzaron protestas masivas que obligaron incluso a cancelar una reunión de la ASEAN.

Las manifestaciones escalaron a mediados de 2010, cuando se iniciaron una serie de protestas masivas que duraron casi un año. Siendo uno de los enfrentamientos más violentos desde las protestas contra el gobierno militar en 1992, según Human Rights Watch, al menos 90 personas murieron y más de 2.000 personas resultaron heridas en enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes antigubernamentales.

Protestas de los «camisas rojas» en Bangkok en 2010. Fuente: Vyacheslav Argenberg/Wikimedia Commons

En las elecciones de junio de 2011, los “camisas rojas” obtuvieron una gran victoria. Un partido de nueva creación, el Phak Puea Thai (PPT, “Partido para los tailandeses”), ganó ampliamente las elecciones. Liderado por Yingluck Shinawatra, hermana de Thaksin Shinawatra, se convirtió en la primera mujer en liderar el gobierno del país.

Sin embargo, las tensiones políticas continuaron y un proyecto de ley de amnistía en 2013 llevó a unas nuevas elecciones anticipadas que de nuevo fueron boicoteadas por la oposición. A principios de mayo de 2014, finalmente, Yingluck fue destituida de su cargo.

¿La solución para poner fin a la inestabilidad?, un nuevo golpe de Estado

El 20 de mayo de 2014, Prayuth Chan-ocha, jefe del ejército tailandés, decretó la ley marcial señalando su preocupación por el antagonismo continuo entre los “camisas amarillas” y los “camisas rojas”. Dos días después, el ejército dio un golpe de Estado, suspendiendo de nuevo la Constitución y el propio Prayuth fue nombrado para liderar un gobierno militar del país.

Prayuth Chan-ocha. Fuente: Prachatai/Flickr

De nuevo, con el apoyo del rey, se estableció un grupo para redactar una nueva Constitución que otorga un amplio poder a los militares, pues se reservaron 250 escaños en el Senado y el derecho de seleccionar indirectamente al primer ministro, haciendo prácticamente imposible que un partido de la oposición pueda acceder al gobierno. Finalmente, fue aprobada en agosto de 2016 con un apoyo aproximado del 60% de los votantes.

La junta militar prometió entonces la celebración de elecciones en 2017. Sin embargo, en octubre de 2016, murió el rey Bhumibol tras 70 años de reinado. El heredero al trono, su hijo Maha Vajiralongkorn, decretó un periodo de luto para presentar respetos a su padre y no fue coronado hasta 2019 bajo el título de rey Rama X.

La coronación del rey Rama X en 2019. Fuente: Tris_T7/Wikimedia Commons

La monarquía ¿parlamentaria?: la especial figura del rey tailandés

A pesar de que en 1932 se abolió la monarquía absoluta en favor de una monarquía parlamentaria, el rey tailandés ostenta aún un inmenso poder, casi con un halo espiritual y de intocabilidad. Bajo la ley de “lesa majestad”, está prohibido insultar, difamar o amenazar a la monarquía. En la sociedad tailandesa, el rey es una figura de gran importancia y debe ser un modelo de dignidad, virtud y moralidad.

Como se ha señalado antes, el rey Bhumibol era una figura respetada, sin embargo, el heredero rey Rama X, es todo lo contrario. Para Pavin Chachavalpongpun, académico especializado en la política tailandesa, mientras que el rey Bhumibol gobernó el país buscando establecerse como una autoridad moral, Maha Vajiralongkorn está “usando el miedo para solidificar su posición y tomar el mando”.

Etiquetado frecuentemente por la prensa internacional como un playboy, su vida ha estado marcada por frecuentes escándalos y extravagancias: cuatro matrimonios, innumerables amantes, vestimenta inapropiada para un rey, tatuajes… Entre otras excentricidades, cuando su perro Foo Foo murió en 2016, le dio una ceremonia budista de cuatro días. También se le ha puesto la etiqueta de “rey ausente”, dado que vivía —y sigue viviendo— una buena parte del año en Europa.

Un país acostumbrado a los golpes, ¿pero que quiere cambiar?

Finalmente, las elecciones bajo la nueva Constitución se celebraron en marzo de 2019, otorgando una victoria a Palang Pracharat, el partido aliado de la junta militar, lo que mantuvo en el poder a Prayuth. Sin embargo, pronto surgieron nuevas tensiones.

Un fallo del Tribunal Constitucional para disolver el principal partido prodemocrático, Phak Anakhot Mai (el Partido hacia el Futuro), por el préstamo de 191 millones de baht (unos 5 millones de euros) recibido por parte de su propio líder, Thanathorn Juangroongruangkiten, en febrero de 2020 desató masivas manifestaciones en favor de la democracia. La pandemia de la COVID-19 complicó en gran parte el nuevo movimiento, pero los protestantes volvieron a tomar las calles en la reapertura del país a finales de octubre de 2021.

Manifestación en el monumento por la Democracia en Bangkok en agosto de 2020. Fuente: Supanut Arunoprayote/Wikimedia Commons

Sin embargo, esta vez las cosas han resultado ser algo diferentes. Cada vez son más frecuentes las muestras de que una parte importante de la población quiere de una vez por todas la democratización del país.

Un ejemplo ilustrativo se encuentra en las salas de cine tailandesas, donde antes de que comience la proyección de una película todos los espectadores deben levantarse, escuchar el himno real y presentar sus respetos al monarca. Cada vez son más los espectadores que osan desafiar esta práctica. El año pasado, durante la proyección de la película de James Bond “No Time to Die”, casi la mitad de las 60 personas que se encontraban en la sala no se levantaron, algo impensable años antes.

Tal y como señala el analista Christian Kurzydlowski en The Diplomat, “Tailandia está en camino de una mayor democratización. La legitimidad de la monarquía, aunque todavía tiene apoyo, está siendo cuestionada y está perdiendo prestigio, una tendencia favorecida por el hecho de que el nuevo rey no inspira la misma veneración que su padre”.

En todo caso, el fin de la monarquía no está en el debate, sino que los manifestantes buscan limitar el poder o la mano que tiene el rey en la política nacional —es decir, una monarquía parlamentaria al estilo japonés, donde el emperador mantiene un carácter sagrado, pero no actúa en política— y, a medida que el apoyo a esta opción aumenta, es probable que se acerque un cambio, propulsado principalmente desde la brecha generacional, pues son mayoritariamente los jóvenes los que encabezan las protestas actuales.

El establecimiento de una verdadera monarquía parlamentaria podría poner fin de una vez por todas el caos político que ha vivido el país en el último siglo. Para ello, es necesario que todas las partes sigan las premisas básicas de la democracia, es decir, que acepten su papel y respeten las reglas de juego.

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Por Bienvenido Chen Weng

Interesado en la política en Asia Oriental y el Sudeste Asiático. Asimismo, sigo con especial interés la evolución de la creciente competición sino-estadounidense y la política de la Unión Europea hacia China.

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