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¿Qué tiene que ver Asia con la crisis en Ucrania?

Asia tiene mucho que ver con la crisis de Ucrania. No es casualidad que Rusia haya decidido escalar la situación justo cuando Estados Unidos quería pivotar hacia Asia-Pacífico. Moscú espera obtener, así, concesiones de un Washington que busca retirarse de Europa.

En estos momentos, nos encontramos ante una de las mayores crisis que ha vivido Europa desde 2014. Rusia ha acumulado cientos de miles de efectivos militares en la frontera con Ucrania, en una escalada de tensiones sin precedentes, a la vez que desde la Casa Blanca se advierte que “Rusia podría lanzar un ataque contra Ucrania en cualquier momento”. Mientras que el riesgo de choque entre estas dos potencias protagoniza todas las portadas y la atención mediática internacional, sin embargo, detrás de todo esto, una de las cuestiones de peso que ayuda a explicar, en parte, el porqué de este movimiento por parte del Kremlin es la importancia creciente de Asia para Estados Unidos.

Asia es el elefante en la habitación en las negociaciones entre Rusia y EE. UU. Washington quiere centrar, de una vez por todas, sus esfuerzos en este continente, a sabiendas de que será la región más dinámica del mundo a lo largo de este siglo y que, precisamente, aquí se encuentra la potencia mejor posicionada para poner fin a su hegemonía internacional, es decir, China. Desde EE. UU. se plantea un juego de suma cero con la potencia asiática por el que prácticamente cualquier ganancia china es una derrota estadounidense, y, bajo este punto de vista, si China logra convertirse en el hegemón regional de Asia-Pacífico, que todavía es EE. UU., la posición internacional e incluso seguridad de este último pasará a estar en peligro. Siguiendo la Estrategia de Seguridad Nacional interina que ha lanzado la Administración Biden: “[China] es el único competidor potencialmente capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para lanzar un desafío sostenido a un sistema internacional abierto y estable [énfasis añadido por el autor]”.

En este sentido, dentro del pensamiento estratégico estadounidense, Rusia es vista, cada vez más, como una potencia en declive, una “gasolinera haciéndose pasar por un país”, en palabras del exsenador y excandidato presidencial John McCain. Así lo expresó el propio Joe Biden, según el cual, Putin “cuenta con una economía que tiene armas nucleares, pozos petrolíferos y nada más”. Así, según el National Intelligence Council aunque Moscú pueda resultar una molestia en el corto plazo, en el que, será una “potencia disruptiva”, sus problemas estructurales, como la falta de diversificación económica, harán que pronto pierda muchas de sus capacidades para proyectar poder y mantener su influencia en el mundo, por ende, reduciendo sus posibilidades de competir con EE. UU. Así, con esperar unos pocos años, según esta visión, la Casa Blanca podría librarse definitivamente de Rusia.

Dentro de esta lógica, la lección que se extrae en Washington es que EE. UU. tiene que centrar su atención en Asia para contener al que es su verdadero rival, China, limitando su actividad y presencia en otras regiones como Oriente Medio o Europa y reduciendo su competición con potencias como Rusia o Irán.

El giro hacia Asia que no termina de llegar

No obstante, nada de esto es nuevo. EE. UU. lleva intentando “pivotar” hacia Asia desde hace 20 años. Sin embargo, cada intento se ha visto limitado por la aparición de problemas en otras regiones del mundo, distrayendo a EE. UU. y proporcionando un balón de oxígeno para China, que ha podido seguir desarrollando sus capacidades y potenciando su posición regional.

El primer intento lo protagonizó George W. Bush (2001-2008). Tanto en campaña electoral como en sus primeros meses en la Casa Blanca, Bush pasó a considerar a China como “un competidor estratégico de Estados Unidos” y su Administración llamó a transferir el foco estratégico estadounidense de Europa a Asia-Pacífico y China. Por entonces, Beijing aún no había ingresado en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y apenas era una potencia emergente, mientras que EE. UU. era la indiscutible potencia hegemónica mundial, bajo un sistema unipolar.

No obstante, los atentados terroristas del 11 de septiembre obligaron al Despacho Oval a cambiar su enfoque, y la subsiguiente “Guerra contra el Terrorismo” (War on Terror) llevó a EE. UU. a centrar su política exterior y de seguridad, principalmente, en Oriente Medio, mientras que la política hacia China dio un giro de 180º. China pasaba de ser un competidor a un socio en la lucha contra el terrorismo.

El siguiente intento lo protagonizaría Barack Obama en su segundo mandato (2012-2016). Tras unos cuatro primeros años marcados por la crisis del 2008, parecía que era el momento. La guerra en Iraq había terminado, Osama bin Laden había sido neutralizado, los moderados llegaban al poder en Irán y, aunque la insurgencia talibán en Afganistán estuviese ganando terreno, EE. UU. se estaba preparando para reducir su presencia en el país. Así, la Administración Obama lanzó el “Pivote hacia Asia” (Pivot to Asia), una política que tenía como objetivo reequilibrar la política exterior estadounidense hacia Asia-Pacífico y contrarrestar a China, la cual, desde 2008, estaba llevando a cabo una política exterior marcadamente más asertiva.

La remodelación de la política exterior china durante la era Xi Jinping

Xi se ha convertido en el líder con más poder en China desde Mao. Su llegada ha supuesto el abandono definitivo del anterior paradigma de política exterior que estaba vigente desde Deng Xiaoping. Los efectos más inmediatos de esta remodelación han sido una mayor concienciación china como superpotencia y un mayor papel en el escenario internacional.

Sin embargo, Obama no pudo “pivotar” completamente. Entonces la distracción fue Rusia. En 2008, la llegada a la Presidencia de Dmitri Medvédev por la limitación de mandatos presidenciales, que impedían a Vladimir Putin presentarse a una tercera reelección, unido a la crisis económica llevaron a que Moscú y Washington lanzaran el reset, una política que buscaba reparar sus relaciones tras la guerra de Osetia del Sur de 2008.

La Casa Blanca pensaba, además, que podía cooptar a los elementos más liberales dentro del Kremlin, que creían representados por Medvédev, para evitar un regreso de Putin y su línea más dura. Pero fue esto último exactamente lo que sucedió con el regreso a la Presidencia de Putin en 2012. Desde entonces, las relaciones bilaterales empeoraron rápidamente, hasta que finalmente llegaron a su punto más bajo en 2014 con la crisis en Ucrania y la anexión rusa de Crimea, así como el apoyo a los separatistas de Lugansk y Donetsk.

Rusia pasó, entonces, a ser el gran rival estadounidense, mientras que China quedó, en cierta medida, ligeramente fuera del foco. Por entonces, acababa de llegar al poder Xi Jinping, y esta falta de atención fue aprovechada por el nuevo líder chino para trabajar activamente en la potenciación del posicionamiento internacional del país con una política mucho más asertiva, tanto en Asia como en el resto del mundo, con planes muy ambiciosos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) —esto es, la famosa nueva ruta de la seda—, que no pudieron recibir una respuesta contundente por parte de EE. UU.

Donald Trump (2016-2020), por su parte, representó un nuevo intento. Con su “Estrategia del Indo-Pacífico” (Indo-Pacific Strategy) retomó el Pivot to Asia, y, ya desde la campaña electoral, señaló a China como el gran rival. En este sentido, su Administración trató de fortalecer su posicionamiento regional apoyándose en el Quad —si bien con un enfoque más unipolar, como se puede ver en su abandono del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), y en ocasiones basado en políticas erráticas, como sus reuniones con Kim Jong-un— y tratando de presionar los “intereses vitales” chinos en lugares como Taiwán, Xinjiang, Hong Kong, el Mar de la China Meridional y el Mar de la China Oriental.

Para poder enfocarse en Asia, Trump trató de limitar su presencia en Oriente Medio, aumentando las responsabilidades de sus socios y aliados en la zona como Arabia Saudí o Israel, y en Europa, exigiendo a los países europeos de la OTAN un mayor gasto en defensa y buscando una suerte de nuevo reset con Rusia. No obstante, esto último resultó un fracaso debido a razones internas. Las acusaciones de interferencia del Kremlin en las elecciones presidenciales, con una supuesta connivencia por parte del equipo de campaña de Trump, envenenaron el debate doméstico sobre las relaciones con Moscú, particularmente por parte del Partido Demócrata. La cuestión estaba demasiado polarizada, y la Casa Blanca no pudo efectuar una reducción de tensiones, sino más bien todo lo contrario.

De esta forma, a Trump le pasó lo mismo que a Obama, intentando centrarse en China no pudo zafarse de la sombra de la “amenaza rusa”. Esto, por una parte, le impidió poder volcar todos sus esfuerzos hacia Asia, si bien logró, en este sentido, importantes avances. Pero, por otra parte, ha forzado a EE. UU. a competir activamente con dos de las principales grandes potencias del sistema internacional, produciendo un mayor acercamiento entre estas dos y limitando las posibilidades de Washington de contener a China.

Plantear una estrategia individual contra Beijing a nivel asiático es algo enormemente complicado, vista la presencia económica y política de este país, pero si además se añade a Rusia en la ecuación las perspectivas de EE. UU. no son nada halagüeñas. Países clave para contener a China, como Japón, Vietnam o la India, no comparten la visión de Rusia como una potencia peligrosa a la que contener, sino que incluso tienen muy buenas relaciones con esta. El Quad u otras agrupaciones similares pueden colaborar contra China, pero no lo harán contra Rusia. A su vez, la OTAN sigue siendo una organización principalmente estadounidense y la Unión Europea (UE) dista mucho de ser el actor geopolítico que le gustaría ser. Y, en definitiva, quien mucho abarca poco aprieta, pues EE. UU. sencillamente no puede contener eficazmente a dos potencias a la vez.

Mientras, China cuenta en Rusia con un socio muy valioso, que le proporciona tecnología militar, materias primas y, lo más importante, estabilidad tanto en su frontera mutua como en Asia Central —como hemos visto en la intervención rusa en Kazajstán—. Mientras que para EE. UU., Rusia es una distracción que evita que pueda destinar todos sus esfuerzos a contener a China, para Beijing, Moscú es una pieza clave en su ascenso económico y político, para lograr el “sueño chino”, así como una punta de lanza contra Washington.

El Dilema de Biden

En este sentido, tras 20 años, EE. UU. no ha podido consumar completamente la recalibración de su presencia internacional hacia Asia debido a múltiples sucesos que han demandado su presencia en otras regiones, normalmente relacionados con Rusia.

No obstante, este sigue siendo un interés claro desde Washington, con un amplio consenso bipartisano. Y la Administración Biden no es ajena a ello. Más allá de una retórica mayor colaboración con la UE, lo cierto es que Biden también tiene como objetivo claro consumar la traslación de la presencia estadounidense del Atlántico al Pacífico, en buena medida continuando con la política de Trump, pero con características propias. Es en este contexto en el que debemos entender hechos como la retirada de Afganistán o las negociaciones para el regreso estadounidense al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) con Irán.

Así, en la ya citada Estrategia de Seguridad Nacional interina, la Administración Biden habla de la necesidad de “trabajar con aliados y socios afines”, una agenda que “reforzará nuestras capacidades y nos permitirá prevalecer en la competición estratégica con China o cualquier otra nación [énfasis añadido por el autor]”, es decir, contener el crecimiento chino a través de la formación de un conjunto de asociaciones y alianzas en Asia y el Indo-Pacífico, lo que podemos ver claramente en el desarrollo del Quad o la creación del AUKUS, así como un intento de redefinir una respuesta a la “amenaza china” desde el G-7 y la OTAN.

Pero el problema ruso no solo no ha desaparecido, sino que, como estamos viendo, se ha convertido en quizá la mayor crisis a la que de momento ha tenido que hacer frente el nuevo Presidente. En este sentido, el Kremlin es perfectamente consciente de la urgencia estadounidense de oscilar hacia Asia. Y con un EE. UU. con cada vez menos voluntad de seguir en Europa, Rusia se ha visto inclinada a actuar. Vladimir Putin ha hecho gala muchas veces de oportunismo en su actuación exterior, y este es un caso paradigmático.

La primera prueba se produjo en la primavera de 2021. Entonces, Rusia llevó a cabo un enorme despliegue de tropas en la frontera con Ucrania, similar al que estamos viendo en la actualidad, con el que Moscú logró forzar a Washington a prestarle atención, lo que se tradujo en la reunión de Putin y Biden en Ginebra. Sin embargo, aunque ambos lograron un cierto entendimiento en cuestiones de ciberseguridad y estabilidad estratégica, el Kremlin no vio satisfechas sus demandas.

Así, con la lección aprendida, unos meses después, Rusia volvió a escalar la situación, con un despliegue aún mayor junto a Ucrania, interpretado por los países occidentales como el preludio de una invasión a gran escala. A la vez, el 17 de diciembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso publicó dos propuestas de Tratados a realizar, respectivamente, con EE. UU. y la OTAN, con unas exigencias muy maximalistas centradas, de acuerdo con Dmitri Trenin, el Director del Carnegie Moscow Center, en 3 cuestiones:

  1. El fin de la expansión de la OTAN, particularmente hacia las repúblicas exsoviéticas, con la vista puesta en Ucrania y Georgia, las cuales, según la Declaración de la Cumbre de Bucarest de la OTAN de 2008 “serán miembros de la OTAN [en un futuro]”.
  2. El no despliegue de nueva infraestructura de la OTAN en Europa.
  3. La retirada de la infraestructura militar desplegada en Europa Oriental desde 1997 —fecha de la firma del Acta Fundacional OTAN-Rusia, estableciendo las relaciones entre ambos—, es decir, de todos los países miembros más allá de Alemania.

Al mismo tiempo, y en relación con el primero de los objetivos, Rusia ha insistido varias veces en la necesidad del cumplimiento de los Acuerdos de Minsk, por el que Donetsk y Lugansk se reincorporarían a Ucrania bajo un amplio régimen de autonomía y Ucrania pasaría a ser un Estado descentralizado, lo que aseguraría al Kremlin una Ucrania neutral en su frontera. En este sentido, el propio Putin, en su polémico artículo On the Historical Unity of Russians and Ukrainians, publicado en julio de 2021, venía a afirmar que “[l]os Acuerdos de Minsk […] siguen sin tener alternativa”.

Desde entonces, se han producido varias reuniones entre oficiales rusos y estadounidenses, incluyendo una reunión telemática entre Biden y Putin. Además, el pasado viernes, se reunieron en Ginebra el Ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y el Secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, y la semana que viene Washington enviará una respuesta por escrito a Rusia con sus contrapropuestas. No obstante, la tensión sigue a flor de piel y en cualquier momento la situación podría estallar hacia un conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, en la que la última tiene todas las de perder. Mientras tanto, EE. UU. y Europa advierten de un paquete de sanciones sin precedentes en caso de invasión, si bien desde 2014 Rusia se ha esforzado en crear una “economía fortaleza” que pueda soportar las sanciones occidental, por lo que es difícil que se vea amedrentada por esta amenaza.

Así, la lógica del Kremlin es sencilla: si EE. UU. quiere pivotar a Asia y abandonar Europa, lo tendrá que hacer en los términos rusos, dejando una arquitectura de seguridad europea que le favorezca. En palabras del experto en seguridad y defensa rusa Michael Kofman, la idea sería que “una campaña de incursiones exitosas, junto a la mayor amenaza proveniente de China, obligarán a Washington a un compromiso y a renegociar el acuerdo de la posguerra fría”.

Y ahora la pelota está en el tejado estadounidense. Por un lado, Washington puede cumplir con las demandas rusas, o al menos con algunas de ellas que satisfagan a Moscú, y esperar así poder quedar liberado y pivotar de una vez por todas hacia Asia o, por otro lado, puede negarse a cumplir y arriesgarse a tener que aumentar su presencia en Europa y hacer de Rusia, de nuevo, su principal rival, a la vez que China siga creciendo económicamente, expandiendo su influencia por la región con la IFR u otros medios como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés) y reformando su Ejército y Armada.

La realidad es que, como bien dice Hal Brands, EE. UU. está demasiado extendido por el mundo, con presencia en más regiones y con más rivales de los que se puede permitir una potencia en declive relativo, lo que es una debilidad estratégica de la que se pueden aprovechar países como Rusia, Irán y China. Así, en un mundo multipolar, una sola potencia no puede enfrentarse a varias, por muy poderosa que sea. Además, teniendo en cuenta que para Washington, Rusia es una potencia en declive, podría parecer conveniente ceder ante Putin de momento y limitarse a esperar la “inevitable” pérdida de influencia rusa, a la vez que contener con todo su peso a la potencia en ascenso, como es China.

Además, Joe Biden se encuentra en una posición para hacerlo. Los presidentes en EE. UU. normalmente toman sus grandes decisiones en política exterior durante sus segundos mandatos. Es entonces cuando pueden actuar «libremente», sin tener que pensar en la reelección. No obstante, por motivos de edad, es poco probable que Biden se presente de nuevo. Por lo tanto, estaría en posición de realizar concesiones de acuerdo con un interés superior, como podría ser posicionarse frente a China. La retirada de Afganistán es la prueba fehaciente de la disposición del Presidente estadounidense de actuar de acuerdo con el interés del país, incluso en contra de su propia imagen y popularidad. Por tanto, podemos esperar que su cálculo no se vea constreñido por cuestiones internas y que esté dispuesto a tomar la que considere como mejor decisión para EE. UU., por muy dura que sea.

Obviamente, para Biden hay otras cuestiones que ponderar a la hora de tomar una decisión, que podrían perfectamente apuntar a la necesidad de no ceder ante el Kremlin, como por ejemplo la pérdida de estatus internacional con respecto a sus socios y aliados, el empeoramiento de sus relaciones con los países de Europa Oriental o el riesgo de envalentonar a una potencia revisionista como Rusia. No obstante, Asia en general y China en particular, indudablemente, es y será uno de los temas candentes en el Despacho Oval, Foggy Bottom y el Pentágono con respecto a esta crisis. Lo que es seguro es que China estará atenta a lo que pase, “sentada en una montaña viendo a los tigres pelear”.

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Por Manuel Fernández Illera

Graduado en Relaciones Internacionales con especial interés en Asia-Pacífico, Rusia y el espacio postsoviético, la región MENA y la UE.

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