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Las implicaciones de la invasión rusa de Ucrania para Asia Central

Los vínculos políticos y, sobre todo, económicos de los cinco «-stanes» con Rusia son fuertes. Pero esto no significa que secunden ciegamente las transgresiones de Moscú, el pragmatismo y el multivectorialismo continúan siendo los principios rectores de su política exterior.

La invasión militar de Ucrania por parte de Rusia era un movimiento que la comunidad internacional no predijo. La Unión Europea, Estados Unidos y sus socios, casi de manera unánime e inmediata, respondieron expresando su condena. El «naming and shaming» fue seguido de una serie de baterías de sanciones dirigidas a las élites políticas y económicas del país.

Pese a que la mayoría de los países del mundo han optado por denunciar las acciones militares ilegales de Rusia, varios gestos indican que Moscú no se ha visto condenado al ostracismo internacional. Esto se evidenció en el campo diplomático en dos ocasiones.

La primera, después del fracaso de la sesión del Consejo de Seguridad (vetada por Rusia), se produjo en la sesión extraordinaria de la Asamblea General celebrada el 2 de marzo. El resultado de la votación del texto propuesto, que exhortaba a la Federación Rusa a retirar «de inmediato, por completo y sin condiciones todas sus fuerzas militares del territorio de Ucrania dentro de sus fronteras reconocidas internacionalmente», fue de 141 a favor, 5 en contra y 34 abstenciones.

La segunda, cuando se convocó una segunda votación el 24 de marzo, dentro sesión extraordinaria de la Asamblea General, para aprobar un texto que abordaba la preocupante situación humanitaria en la que estaba sumida Ucrania. Nuevamente, 38 Estados declararon su abstención, aunque no exactamente los mismos.

A través de estos foros, socios tradicionales de Rusia como Bielorrusia, Corea del Norte o Siria rechazaron la declaración condenatoria. Otros, como Argelia, Cuba, India o Vietnam decidieron abstenerse. Si bien se ha prestado atención a las reacciones de algunos socios del Kremlin, como la India y de otros no tan socios, como el caso de Japón, lo que más ha pasado desapercibido de estos alineamientos diplomáticos es la posición que han adoptado los países del espacio postsoviético, y sobre todo, las repúblicas centroasiáticas.

En la última votación de la Asamblea General sobre Ucrania, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán expresaron la abstención en su decisión de voto, mientras que Turkmenistán y Uzbekistán no reflejaron ninguna decisión en su voto. Fuente: captura de pantalla United Nations (canal de Youtube).

Habiendo realizado este sencillo ejercicio de análisis, y reconociendo que las alianzas o incluso las simpatías políticas no se determinan en función del voto de una resolución de NN. UU., cabe profundizar un poco más en la posición que han adoptado algunos países considerados dentro de la «esfera de influencia» del Kremlin con respecto a la agresión rusa sobre la integridad territorial de Ucrania.

La política exterior multi-vector

La postura de estas naciones con respecto de la “operación militar especial” rusa es relevante por diversos motivos. Descartando la potencialidad de una réplica de la invasión en estos países, el principal tiene que ver con la importancia tanto política como económica de Moscú en Asia Central. La preocupación está en que las sanciones impuestas a Rusia por sus actuaciones puedan precipitar a los países de esta región a una grave crisis económica.

Los “-stanes” dependen enormemente de la fluctuación del rublo y de las remesas de millones de migrantes que trabajan en Rusia. El crecimiento económico, así, se ve comprometido. Además, la proporción de rusos viviendo en Asia Central y viceversa es significativa.

Las cinco repúblicas centroasiáticas —Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán y Tayikistán—, a diferencia del resto de países del antiguo espacio soviético, fueron las que menor predisposición tuvieron de emanciparse de la URSS. Aunque existían movimientos nacionalistas, no eran lo suficientemente fuertes o habían sido debilitados, como para liderar el proceso de transición hacia la independencia.  De hecho, fueron las repúblicas que más tardaron en declararla, más por la imposibilidad de mantenimiento de la Unión que por un verdadero deseo secesionista.

Turkmenistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán declararon la independencia durante la segunda mitad de 1991. Kazajstán, por su parte, anunció su independencia el 16 de diciembre del mismo año, poco antes de la disolución oficial de la Unión Soviética. Estos países, desde su emancipación política, fueron afianzando una identidad política nacional, un nacionalismo ligado a los principales clanes del territorio respectivo y a una identidad histórica enraizada en la religión y la tradición, pero conservando e incluso reforzando la estructura burocrática de las élites soviéticas.

Las personas que lideraron el cambio en estos países eran hombres fuertes que hasta ese momento estaban vinculados con el Kremlin. Fue el caso de tres primeros presidentes de las nuevas repúblicas. Saparmurad Niyazov (Turkmenistán), Islam Karimov (Uzbekistán) y Nursultán Nazarbáev (Kazajistán) fueron dirigentes elegidos por Moscú. Además, Askar Akaev (Kirguistán) ganó las elecciones contando con el beneplácito del Kremlin.

Por esa razón y debido a la fuerte impronta política, económica, cultural y demográfica de Rusia en las naciones centroasiáticas, el proceso de desrusificación y desovietización no se ha completado.

Desde entonces y hasta la actualidad, estas repúblicas han adoptado, o intentado adoptar, una política exterior “multivector”. Tienen muy presente que tener relaciones cordiales con todas las potencias, especialmente Rusia, China, Estados Unidos, Turquía y la Unión Europea, es importante a largo plazo. Los intereses nacionales de estos países pasan por permanecer en buenos términos con ellas.

De hecho, han tejido una relación muy estrecha con Occidente, estableciendo asociaciones y acuerdo de cooperación. Los Estados de Asia Central son miembros del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) y de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Similarmente, han cooperado con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el marco del Consejo de Partenariado Euroatlántico (CCEA) y bajo el programa de Asociación por la Paz (Partnership for Peace, PfP).

La amenaza del terrorismo y el polvorín que supuso Afganistán para la integridad territorial de las cinco repúblicas requerían del apoyo de Estados Unidos; el legado de su pertenencia a la extinta URSS condenaba a las repúblicas a llevarse bien e incluso depender de Rusia, y su necesidad de financiar proyectos para el desarrollo ha colocado a China como un socio económico preferente, por detrás de Moscú.

Estos dos, sin duda, son los dos grandes actores del «Nuevo Gran Juego«, pero sus aspiraciones difieren. Tal como apunta Raffaello Pantucci, investigador de la S. Rajaratnam School of International Studies (RSIS), para Asia Nikkei: “China concibe Asia Central como cinco naciones con las que quiere hacer negocios, Rusia adopta una visión más paternalista, a veces incluso cuestionando su viabilidad como Estados”.

El mutismo se vuelve a manifestar

Durante la crisis de Crimea de 2014, que terminó con la anexión de esta república autónoma por parte de la Federación Rusa, la comunidad internacional respondió, de manera más tímida que en la actualidad, con la imposición de sanciones contra Moscú.

Entonces, las declaraciones oficiales de los gobiernos de Asia Central fueron diversas, pero tanto la respuesta inicial como la ulterior estuvieron caracterizadas por el mutismo. En la votación de Naciones Unidas de la Resolución 68/262, que condenó la anexión, todas las repúblicas de Asia Central se abstuvieron o no registraron su voto.

Uzbekistán expresó una actitud de rechazo, llamando a “abstenerse en las relaciones internacionales de la amenaza y uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.

Por su parte, Kazajstán se posicionó del lado de Moscú. El entonces presidente Nursultán Nazarbáev declaró que la crisis que experimentaba Ucrania se debía fundamentalmente a la pobre situación socioeconómica del país y que el mayor error del gobierno ucraniano era estar preocupado por la política, desatendiendo el desarrollo económico. Su Ministerio de Asuntos Exteriores informó que la incorporación de Crimea a la Federación Rusa era “la expresión de la libertad de voluntad de los habitantes de la república autónoma”. Bien es cierto que el sentimiento fue distinto entre la sociedad kazaja, temerosa de un escenario similar al de Crimea en el norte del país, de mayoría rusa.

En Kirguistán, Turkmenistán y Tayikistán el mensaje fue similar, pero ninguna autoridad se atrevió a posicionarse de un lado o del otro.

Entre el balancing y el band-wagoning

Si bien los dos primeros continúan manteniendo una postura alineada con Rusia, los otros tres se han ido distanciando, potenciando al mismo tiempo sus relaciones con otros países. Esto es un hecho que se observó con Turkmenistán —y su “neutralidad positiva”— y más recientemente con Uzbekistán, que, con un criterio marcadamente pragmático, también ha blindado su posición con el remache de la neutralidad en el sistema internacional.

El monumento a la neutralidad en Asjabad. Ilustración: Manuel Eguren Moreno.

Turkmenistán, ¿la Suiza de Asia Central?

Turkmenistán ha mantenido un perfil bajo dentro del Nuevo Gran Juego, manteniendo cierta distancia respecto a las grandes potencias. Esta postura se ha fundamentado en dos elementos: la neutralidad y el culto a la personalidad. El primero ha garantizado cierta seguridad, mientras que la segunda figura ha afianzado el poder de los dos grandes líderes. Tanto la neutralidad como el culto a la personalidad han garantizado la supervivencia del régimen turkmeno.

Esta postura de Estado fue expresada en agosto de 2012, mediante la aprobación del Concepto de la Actividad de Política Exterior, que reflejaban los conceptos de “sin bases”, “sin bloques” e “interés nacional”. Ese mismo año, Uzbekistán se retiró —por segunda vez— de la principal alianza político-militar de la región liderada por Rusia, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).

Estos dos países no pertenecen ni a la OTSC ni tampoco a la Unión Económica Euroasiática, un mercado común en proceso de construcción, también bajo liderazgo ruso. Sin embargo, los dos participan —Uzbekistán como miembro y Turkmenistán como invitado— en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). 

Por su parte, Tayikistán ha mantenido una distancia próxima a Moscú, sobre todo en lo que respecta a la seguridad. Rusia desempeñó un papel decisivo en la protección de las fronteras de los países centroasiáticos con Afganistán a finales de los noventa y principios del 2000 y contribuyó a apaciguar la guerra civil tayika (1992-1997). Además, tiene presencia militar en el país con la base 201, localizada en Dusambé. Sin embargo, poco a poco está también abrazando China, su vecino del este, que percibe como un potencial socio económico y proveedor de seguridad.

Volviendo a los casos de Kazajstán y Kirguistán, los dos países tienen fuertes lazos económicos con Rusia. En 2020, casi el 33% de las importaciones kazajas provenían de su vecino del norte. Además, las inversiones rusas en el país ascienden a alrededor de 40.000 millones de dólares en los últimos treinta años.

La reciente intervención de la OTSC, bajo liderazgo ruso, para estabilizar la situación en este país tras una fuerte oleada de protestas parece haber aumentado su dependencia con respecto a Rusia. A nivel político, su simpatía con respecto de Moscú es notable, pero esto ni mucho menos lo convierte en el vasallo del Kremlin.

Esto se demuestra con su no reconocimiento de Donetsk, Lugansk ni tampoco de Abjasia y Osetia del Sur. El 22 de febrero, un día después de que la Duma formalizara el reconocimiento de las dos repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk, el ministro de Asuntos Exteriores kazajo, Mukhtar Tleuberdi declaró a la prensa que «la cuestión del reconocimiento de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk por Kazajistán no está en la agenda». Otro gesto que demuestra esta postura se observa con la decisión de enviar material y suministros humanitarios a Ucrania.

Esta fue una de las pocas declaraciones de las autoridades de los países centroasiáticos sobre la cuestión del reconocimiento de Donetsk y Lugansk, ningún país las ha reconocido expresamente.

En el caso de Kirguistán, su relación comercial no es tan pronunciada, pero su dependencia de las remesas sí lo es. Según los datos de 2021, las remesas rusas hacia Kirguistán representan más de un 97% —más de un 30% del PIB— del total de remesas transferidas. Estas cifras lo convierten en el país más dependiente de las remesas rusas, junto con Tayikistán, y en uno de los países con mayor volumen de remesas a nivel mundial.

De acuerdo con los datos del gobierno ruso, el año pasado había más de 7,8 millones de migrantes de Uzbekistán (4,5 millones), Tayikistán (2,4 millones) y Kirguistán (900.000) registrados en Rusia por motivos de “trabajo”.

A diferencia de Ucrania, prácticamente todas las economías de los países de Asia Central dependen de las remesas procedentes de Rusia. Durante el mismo período, Tayikistán y Uzbekistán recibieron más del 50% de sus transferencias de remesas de Rusia. Según proyectó el Banco Mundial, las remesas iban a crecer en un 3% en 2022. Sin embargo, esto cambió drásticamente con la invasión rusa de Ucrania, hasta el punto de haberse reajustado la previsión a una disminución del 30%.

Esta situación es muy similar a la que experimentaron los cinco «-stanes» tras la crisis de Crimea, a la que los países occidentales respondieron con sanciones a Rusia. Las sanciones de 2014 provocaron la disminución de las remesas en un 40%, afectadas también por la recesión económica rusa debido a los bajos precios de los hidrocarburos en los mercados internacionales. La más reciente crisis de la COVID-19 provocó una disminución del 22%.

La dependencia política, económica y de seguridad de los Estados de Asia Central es todavía notable. Y dado que la amenaza de que la integridad territorial de las cinco repúblicas es una posibilidad remota, el mutismo diplomático continuará. A pesar de que su relación (y dependencia) económica con Rusia es notable, tampoco se prevé que se desmarquen de su postura neutra. La semana pasada, varias autoridades rusas mantuvieron conversaciones con los líderes de tres Estados centroasiáticos. Estos contactos políticos de alto nivel esclarecen que, pese a no seguir la batuta de Moscú, las relaciones políticas con «papá oso» continúan (y continuarán) siendo cordiales.

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Por Omar Benaamari Hedioued

Estudiante del Máster en Periodismo Internacional (URJC). Interesado en la política de los países del Sudeste Asiático y Asia Central y la genealogía del Islam en el conjunto de los países del continente asiático.

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