La política COVID-Cero de China y el Confinamiento de Shanghái

China afronta su lucha contra el virus de frente mientras que Occidente elimina las pocas restricciones que quedaban activas

El año 2020 fue uno de los momentos más convulsos que la humanidad ha sufrido en los últimos 70 años. La pandemia como consecuencia del COVID-19 encerró a la población en sus casas dejando las calles de las ciudades vacías. El parón de la economía se materializó y las muertes se convirtieron en los titulares de cada día. Ante tal situación y el desconocimiento generalizado sobre cómo proceder, los países elaboraron diferentes medidas de contención para frenar la expansión del virus.

Conforme se fue aprendiendo, se fueron homogeneizando los procedimientos a escala global, pero, a día de hoy, sigue habiendo países con sus propias estrategias. Uno de ellos es China, supuesto país de origen del COVID-19. Pekín asumió rápidamente que en el Estado más poblado del mundo la tolerancia hacia la enfermedad no debía de existir. Por ello se empezó a implementar la política COVID-Cero.

Esta se basa en el confinamiento generalizado de regiones o ciudades cuando surgen brotes infecciosos. Las restricciones de movimiento son muy elevadas, incluyendo las salidas por aprovisionamiento, el cual es en teoría ofrecido por el gobierno.

 Ventajas y desventajas

A través de estas medidas, se garantiza un mayor control de las autoridades sobre la propagación del virus. Sin embargo, existen una serie de desventajas. El cierre de una ciudad significa la interrupción de la producción, lo que acarrea diferentes consecuencias en función de qué urbe sea la afectada. Ciudades estratégicas para la economía china y el comercio mundial como Shenzhen o Guangzhou ya han pasado por ello, y esto ha tenido una incidencia en la cadena de suministro internacional y la producción nacional. Cada vez que un se ordena un confinamiento, esto significa un nuevo golpe para la economía china y por extensión, para la economía internacional.

A todas estas circunstancias, hay que sumar lo que se ha denominado la fatiga pandémica. Los ciudadanos afectados por estos encierros tienen una resistencia cada vez menor al aislamiento. La incertidumbre sobre su duración junto con la suspensión de los derechos más esenciales reducen la paciencia de las personas con cada confinamiento. Así, el apoyo social a la política de COVID-Cero se ha visto gradualmente reducido por ello y por la sensación de que la efectividad ya no es tan grande como hace 2 años.

El confinamiento de Shanghái

Un gran reflejo de este descontento ha sido la ciudad de Shanghái. La aparición de casos a finales del mes de marzo activó el protocolo y sumió a la ciudad de 26 millones de habitantes en un confinamiento que en principio iba a durar solo hasta el 5 de abril, pero que se ha visto ampliado como consecuencia del constante aumento de las infecciones.

Panorámica centro de Shanghái. Fuente: Pixabay

Son numerosos los casos en los cuales ha habido dificultades para recibir provisiones, así como atención médica. Incluso algunos medios como CNN y la BBC han recogido testimonios y vídeos sobre la deplorable situación de las instalaciones de cuarentena.

La política de COVID-Cero casa muy mal con las megalópolis. La cantidad de logística necesaria para mantener un estado de reclusión como el que se ha planteado en Shanghái es gigantesca y en muchas ocasiones no se dispone de los suficientes recursos para ello, lo que provoca fallos de coordinación que afectan al cumplimiento de los objetivos. A su vez, las redes de contagios provocadas por las interacciones sociales son más difíciles de rastrear debido al tamaño de las mismas. A más población, más relaciones y más infecciones, lo que alarga sine die el encierro.

A todo ello, hay que sumar que la ciudad es un importante enclave del comercio marítimo internacional, siendo su puerto uno de los más transitados del mundo. Su cierre ha provocado un agravante a la ya de por sí larga crisis de suministros que se sufre a nivel internacional. Para el miércoles 20 de abril se espera la reapertura de las factorías, con el fin de aliviar un poco la situación industrial. Los trabajadores, pasaran a vivir en sus lugares de trabajo temporalmente para reducir riesgos de contagio.

Coronavirus y legitimidad

Sin embargo, el Partido Comunista de China no parece querer dar marcha atrás y es que esta política se ha convertido en un elemento de legitimidad. Garantizar la salud pública de los ciudadanos por encima de todas las cosas refuerza la imagen de “padre protector”. A su vez, se proyecta así hacia el mundo una imagen de fortaleza y seguridad. La política de COVID-Cero garantiza resultados, pero a costa de asumir unos costes muy elevados en muchos sentidos, en una sociedad internacional que cada vez se adapta más a la convivencia con la enfermedad.

La crítica es algo muy difícil de ver en China por las extremas medidas de censura que existen. Que los ciudadanos de la ciudad hayan podido traspasar ese telón de acero es un hecho significativo.

El Comité de Sanidad de la ciudad anunció el 17 de abril los primeros fallecidos de este brote, aunque todos eran personas ancianas, no vacunadas sin patologías previas según informan las fuentes gubernamentales.

Las próximas semanas serán determinantes para evaluar la viabilidad de la política en las circunstancias pandémicas actuales, ya que el gobierno de Pekín tendrá que decidir si estas medidas siguen teniendo sentido para sus intereses o si deben virar hacia la coexistencia. El modelo choca frontalmente contra los implementados en los países occidentales y contrapone dos maneras de entender la gestión de la pandemia radicalmente diferentes.

El miedo a un confinamiento se ha extendido al conjunto del país. Las imágenes y consecuencias vistas en las ciudades de la costa este bajo encierro han causado una cierta histeria en una sociedad muy acostumbrada al autoritarismo. Nadie quiere ser el siguiente en esta lista de ciudades debido al estigma social que recae sobre los ciudadanos.

En definitiva, la política de COVID-Cero es un constante juego de equilibrios entre control, salud y economía. China puede vivir bajo este régimen de actuaciones ya que su estructura económica se lo permite, pero mientras tanto, su ciudadanía y su imagen internacional se ven debilitadas.

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Por Marcos Bosschart Martínez

Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación en la UCJC y Grado en Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en la geopolítica del Sahel, Asia-Pacífico y las Relaciones Internacionales Culturales. Colaborador en la revista Disobedient Magazine del Reino Unido.

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