La Covid en Corea del Norte: un país anclado en el pasado

Tras casi dos años de pandemia, el régimen de Pyongyang informó al empezar la tercera semana de mayo de 2022 la existencia de un brote de COVID-19 en el país.

Corea del Norte es conocido por su hermetismo. Poco se deja escapar de las garras del partido y todo parece estar controlado por el líder supremo Kim Jong Un. El aislacionismo internacional del país es de los más brutales del mundo. Solo China tiene una actividad comercial destacable junto con esporádicamente otros regímenes comunistas como los de Cuba o Eritrea. Esta marginalización del Estado provocó que cuando la pandemia se declaró a principios de 2020, la situación del país no cambiara drásticamente. De hecho, por primera vez ello jugó a su favor, permitiéndoles mantener la “normalidad”.

Esta situación idílica de un país libre de infecciones desapareció a mediados del mes de mayo de 2022 cuando las autoridades reconocieron la existencia de un brote de la enfermedad, lo que cambió completamente la realidad del país asiático.

Corea del Norte es un país con un sistema sanitario muy debilitado por su atraso tecnológico en cuanto a medios y como consecuencia de una economía autárquica sancionada internacionalmente como medida de retorsión por la realización de los ensayos nucleares y las violaciones de derechos humanos cometidas. Si los países occidentales sufrieron un colapso de su sanidad es de esperar que el de Corea del Norte sea mucho más acuciado.

Según las cifras dadas por parte de los medios del régimen, se estima que hay unos dos millones y medio de contagiados, lo cual es un porcentaje relativamente reducido teniendo en cuenta que hablamos de un país de 25 millones de habitantes. Sin embargo, estas cifras hay que cogerlas con pinzas, ya que la censura y la nula existencia de la libertad de prensa dificultan mucho el acceso a una información contrastable.

Mapa de contagios por regiones en Corea del Norte. Fuente: Wikimedia Commons

Se estima que en el país existen únicamente 12 respiradores y que no hay suficientes camas de cuidados intensivos para soportar los efectos de la infección sobre una población que no está vacunada y que, por lo tanto, sufrirá en mayor medida los síntomas de la enfermedad. Pyongyang desde el aspecto técnico no tiene los recursos para enfrentarse al COVID sin apoyo internacional, lo que le posiciona en una dicotomía muy difícil de asumir para el régimen Juche, ya que tiene que elegir entre un cierto grado de aperturismo o el posible colapso del país.

China, uno de los pocos socios históricos del país, ha prometido su colaboración en cuanto a la asistencia médica, lo que sin duda aliviará la situación, pero puede que llegue demasiado tarde. En esta línea, la estrategia de vacunación es inexistente al menos de manera oficial. Circulan rumores de que se estarían entregando vacunas suministradas por Pekín, pero no han sido totalmente confirmados por el momento.

 El mayor problema ante la vacunación, más allá del acceso a las vacunas, es la conservación de las mismas. Corea del Norte no dispone de cadenas de frío suficientes y estas tendrían que llegar desde el extranjero, medida totalmente inviable para el régimen. Además, posteriormente, la implementación de una estrategia de vacunación no sería rápida, ya que el país cuenta con una orografía complicada y una población muy deslocalizada a excepción de los núcleos urbanos.

Desde Corea del Sur ha ofrecido asistencia en numerosas ocasiones, pero la propuesta ha sido ignorada, ya que aceptarla supondría declarar ante su población una situación de inferioridad con respecto al modelo capitalista surcoreano.

A toda esta situación se le suma la existencia de otras enfermedades que ya circulaban por Corea del Norte. Fiebres tifoideas y el sarampión son las enfermedades infecciosas más extendidas en el país, las cuales no ayudan a que la mortalidad del COVID sea reducida en una población que ha crecido con hambre, sobre todo en las zonas rurales y alejadas de la capital.

La OMS ha expresado su preocupación por la situación y ha pedido a Pyongyang que ofrezca una actualización de datos con más asiduidad, ya que las cifras de altos contagios y pocos muertos no las ven creíbles.

Más allá de los efectos sanitarios hay que tener en cuenta los económicos. Las economías occidentales pararon casi por totalidad su producción debido a la pandemia ya que se priorizó la salud pública a la economía. Esa decisión no puede ser tomada por Corea del Norte por causas políticas y de supervivencia.

La maltrecha economía norcoreana basada en la agricultura y la industria de subsistencia para consumo nacional no puede permitirse un parón total, ya que ello afectaría directamente al suministro alimentario y, por lo tanto, a la viabilidad del Estado. Pese a que nunca se recibirá una confirmación sobre ello, no sería de extrañar que los trabajos forzosos hayan sido intensificados desde el inicio del brote, tanto para los presos como para la población contagiada.

Corea del Norte parece ser un país anclado al pasado de manera permanente. El fantasma del pasado de hace dos años llega con retraso al Estado Juche como si le hubiera costado entrar igual que si fuera un ser humano. Las consecuencias reales serán muy difíciles de discernir, pero no cabe duda de que es muy difícil que Pyongyang salga reforzado de esta situación.

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Por Marcos Bosschart Martínez

Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación en la UCJC y Grado en Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en la geopolítica del Sahel, Asia-Pacífico y las Relaciones Internacionales Culturales. Colaborador en la revista Disobedient Magazine del Reino Unido.

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